La figura de «mamá»: desmitificar para sanar

Jesús relativiza la sangre para enseñarnos que la verdadera familia se construye en la escucha y el cuidado ((Mateo 12, Marcos 3, Lucas 8). Esta idea es liberadora: nos permite quitarle al vínculo biológico el peso de la perfección y nombrar una realidad dolorosa que Rayo Guzmán explora en su libro: una madre también puede dañar.
En el libro, corroborado con testimonios reales, Cuando mamá lastima, se aborda esa herida que el mandato cultural de «honrar a la madre» suele silenciar. Siguiendo la lógica de Jesús, la maternidad no es un proceso automático por el hecho de parir; la madre real es la que cría, la que está presente. Guzmán nos ayuda a desarmar el mito: una madre puede ser negligente, narcisista o, simplemente, no saber amar.
Al idealizar a figuras como María, las madres reales —con sus límites humanos— siempre quedan en falta. Jesús rompe esa «jaula dorada» al decir que su familia son quienes actúan desde el amor y la voluntad. Esto nos da permiso para poner límites, para dejar de obligarnos a amar incondicionalmente a quien nos hiere y para entender que la familia que sana no siempre es la de origen.
No se puede sanar lo que se niega. Solo mirando la cicatriz de frente, sin ceguera, podemos transmutar el rencor en aceptación. Al aceptar lo que fue —y lo que es— dejamos de ser hijos paralizados por el dolor para convertirnos en adultos dueños de nuestra historia. El libro de Guzmán nos recuerda que, a veces, la herida viene de quien debió cuidarnos; nombrarlo es el primer paso para soltar la culpa de no haber sido amados como necesitábamos.
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NB Nos permitimos añadir un comentario enviado, muy interesante, sobre este tema.
Conectar con las heridas emocionales (esas que vienen desde la primera infancia)… Mamá no me quiso, no me cuidó como debía… No me dio el amor que necesitaba… suele ser el desafío mas difícil, y mas aún si éstas, están enterradas bajo numerosas capas de resignación, enojo, ira e invisibilidad… que al fin de cuentas no son mas que mecanismos para sobrevivir a aquello que nos lastimó y que aun pica hoy, a la distancia.
Comprender que esa mamá no podía dar lo que no tenía, lo que tampoco recibió de niña, que debía lidiar con sus propios dolores y carencias emocionales; nos da la oportunidad de entender aunque nos cueste.
Identificar ese dolor, verlo como en un espejo, y que por mas que lo niegues y hagas como que nunca pasó… que el tiempo cura todo… está ahí como maestro… para recordarte que somos humanos, que vinimos solos al mundo, y que nos tenemos que hacer cargo de nosotros… abrazarnos y querernos… aceptarnos con amor, y saber recibir el amor de los seres que nos acompañan en el camino. Parece fácil escribirlo, ponerlo en práctica amerita el esfuerzo del aquí y ahora.
Admitiendo que vamos a tropezar, e incluso vamos a caer, pero cada vez, nos vamos a levantar más rápido.
Esa ira y ese enojo que se manifestaban como acto reflejo… ya no son necesarias. Puede ser, y de hecho son, un gran paso en la cura.
Desde el budismo nos dicen que las almas eligen a sus padres (3 meses antes de la concepción) en función de lo que necesitan aprender en esta vida.
Salir del rol de víctima, también es liberador… aceptar que todo el camino recorrido nos formó para ser hoy quienes somos, y que cualquier cambio – por mínimo que sea – afectaría nuestro presente… Nos hace libres.
El camino no termina todavía… vamos completando la mochila en cada tramo. Elegir ir más livianos, y saber que necesitamos para el ahora… Me da paz.
Con cariño. Myriam
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