Mente Dispersa de «Mono Loco»

Mente Dispersa o Mente de Mono Loco

Mente en Calma, Mente de Mono Loco

Mientras pongo en orden el escritorio de mi notebock me encuentro un artículo con un título y un nombre, muy querido para mí. El título: Mente Dispersa, el nombre P. Oviedo, mi querido Director Espiritual, que ya no está en este plano. No sé de dónde salió. Lo reescribo y te lo ofrezco, porque te puede dar luz en este mundo apasionante que vivimos.

Entre el entretenimiento y el silencio interior

Vivimos en una época donde la mente rara vez descansa. El exceso de información, el entretenimiento constante y la necesidad de estar siempre conectados van dispersando poco a poco nuestra capacidad de concentración.

Nadie se imagina el daño que acarrea el consumo desordenado de las energías mentales en materias frívolas; y, sin embargo, hay quienes cada día leen incontables noticias, revisan redes sociales sin descanso o viven pendientes de estímulos continuos, diluyendo así las fuerzas de la mente y acostumbrándola a permanecer dispersa, incapaz de concentrarse en un punto fijo.

Además, en ello se pierde un tiempo precioso que podría emplearse en ocupaciones más valiosas y enriquecedoras para el enriquecimiento personal. Esto no significa que debamos ignorar lo que sucede en el mundo, sino aprender a discernir qué es verdaderamente importante. Basta a veces una breve mirada consciente para comprender la marcha del mundo, sin necesidad de saturar la mente con un exceso de información.

El entretenimiento que dispersa

El entretenimiento no es malo en sí mismo. El problema surge cuando se convierte en evasión permanente. Entonces la mente salta de un estímulo a otro, (como decía un famoso psicólogo, como “mono loco”) incapaz de permanecer en silencio o profundidad.

La mente moderna vive acostumbrada al ruido: imágenes rápidas, noticias constantes, conversaciones superficiales y distracciones interminables. Poco a poco pierde la capacidad de contemplar, reflexionar y permanecer en paz.

Cuando el pensamiento se dispersa continuamente, el ser humano termina fragmentado interiormente. Tiene mucha información, pero poca sabiduría; muchas distracciones, pero poca profundidad.

El ejercicio de la concentración

Para vencer esta moderna propensión a desperdigar el pensamiento, conviene acostumbrarse cada día a concentrar la atención durante unos minutos en un asunto elevado.

Nada resulta más beneficioso que la lectura habitual de algunas páginas de un libro profundo, especialmente sobre cuestiones espirituales o filosóficas, fijando la mente en la lectura sin consentir que se desvíe constantemente hacia otros pensamientos.

Es necesario realizar este ejercicio diariamente, pues así se forma un hábito interior. Todo aquello que se practica cada día termina realizándose con naturalidad y sin esfuerzo.

También la meditación es una herramienta hermosísima para superar la dispersión de la “loca de la casa”, como llamaba la Gran Teresa de Jesús a la mente. La meditación puede adoptar una forma devocional o intelectual, pero en ambos casos conduce a un mismo objetivo: aquietar la mente inferior.

La mente como un lago en calma

Cuando la mente se apacigua y alcanza el silencio interior, el ser humano se asemeja a un lago cuyas aguas tranquilas no son agitadas por el viento ni por las corrientes.

Así como la superficie serena del lago refleja claramente la luz del sol, también la conciencia superior puede reflejarse en una mente serena y silenciosa.

Entonces el hombre comprende, no por autoridad ajena sino por experiencia propia, que es algo más que pensamientos pasajeros. Descubre que existe en él una conciencia más profunda, más elevada y más verdadera.

Y, aunque sea por breves instantes, comienza a percibir la majestad del Yo interior.

“El Reino de Dios está en vosotros”

Prosiguiendo la meditación y el recogimiento interior, el ser humano puede ir identificándose con su verdadero Ser y comprender el profundo significado de aquella frase que repetía un tal Jesús de Nazaret:

“El Reino de Dios está en vosotros”.

Y quizá, en medio del ruido del mundo, el verdadero camino espiritual consista precisamente en eso: volver al silencio para reencontrarnos con nosotros mismos.

Gumersindo Meiriño Fernández

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