No se puede juzgar el pasado con los pensamientos de hoy

No se puede juzgar el pasado con los pensamientos de hoy

No se puede jugar el ayer con pensamientos de hoy

Quedamos para tomar un café con una amiga en una villa de Galicia. Al llegar, descubrimos que el lugar donde habíamos quedado estaba cerrado. Nuestra amiga decidió ir a otro sitio y, de camino, pasó por el colegio donde había estudiado de joven.

En la entrada vio a una de las monjitas que habían estado con ella. La saludó.

Maribel lo relata así:

—Tiene más de noventa años. Anda erguida y ligera, colocando algunas cosas en la entrada. Le pregunté si se acordaba de mí. Me respondió que le dijera mi nombre. Al decírselo, enseguida me reconoció.

Han pasado muchos años.

Entonces le pregunté si se acordaba de que llegaba a la puerta del dormitorio y daba tres palmadas. A la tercera, teníamos que estar todas de pie.

Y ella me dijo algo que me dejó impactada:

«No se puede juzgar las cosas del pasado con los pensamientos de hoy».

Después siguió hablando. Me contó que había cosas de las que se arrepentía y que, si pudiera volver atrás, hoy las haría de otra manera. Pero también había otras que volvería a hacer exactamente igual.

Aquella frase se me quedó dentro.

Hablamos unos momentos sobre aquella frase de la monjita.

Quizás ella quiso decir que no tenemos que justificar todo lo que hicimos. Hay cosas que, vistas desde la experiencia que hemos adquirido, sabemos que podríamos haber hecho mejor. Hay palabras que no deberíamos haber dicho, decisiones que hoy tomaríamos de otra manera y errores de los que todavía podemos aprender.

Pero reconocer un error no significa tener que vivir eternamente castigándonos por él, sino aceptarlo, aprender de él y procurar no repetirlo.

El pasado no puede cambiarse. Lo que sí puede cambiar es la manera en que lo miramos y la manera en que lo llevamos.

Quizás por eso me gustó tanto aquella imagen de la monjita: más de noventa años, tan activa, despierta y consciente.

Había vivido mucho. Había tenido aciertos y errores. Algunas cosas las habría hecho de otra manera y otras las repetiría. Pero no parecía caminar cargando con el peso de todos sus años.

Y eso me llevó a tres “Hermanas Preguntas” unidas entre sí:

La primera: ¿te arrepientes de alguna cosa de tu pasado? ¿De un gesto, una palabra, una acción, algo que hiciste o dejaste de hacer?

La segunda: ¿qué has aprendido de aquello? ¿Has vuelto a cometer los mismos errores o has conseguido hacer algo diferente?

La tercera: ¿cuánto tiempo de tu día dedicas a mirar hacia atrás? ¿Y cómo miras ese pasado: con paz, con culpa, con nostalgia, con agradecimiento?

Quizás no se trate de olvidar el pasado, sino de hacer las paces con él, de aprender de lo vivido y hacerse más sabio con los años, sin dejar de caminar.

Porque hay una diferencia entre recordar el pasado y vivir en él.

Y tal vez la verdadera paz consista en poder mirar atrás sin necesidad de cargarlo sobre los hombros, caminando, –como la monjita– con la espalda erguida.

Porque:

No se puede juzgar el pasado con los pensamientos de hoy.

Gumersindo Meiriño Fernández

 

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