La Querencia, un amor auténtico

En nuestro acervo popular se habla de “La Querencia”, que significa exactamente “volver al hogar” aquello que se considera un bien preciado, un afecto para atesorar.
La Querencia es una palabra bellísima, porque va más allá del deber o del hacer… uno ciertamente ha de cuidar su casa, el rancho que lo protege y guarda, junto con su familia y seres queridos, atesora incluso el recuerdo de los que se hubieran ido, todo hace a la querencia, porque uno ha de cuidar aquello que ama y así hace propio, en el buen sentido, esto es no solo como bien material, sino más bien como afecto sentido.
A gusto «en casa», en la querencia
Cuanto nos falta este sentimiento hoy día, quizá aún estando a gusto en casa, no valoramos muchas veces, ni agradecemos lo suficiente el techo, el calor o la compañía.
Salgamos de la casa, y vayamos al monte, al Catedral nevado, al Cerro Otto, a tomar unos mates a la orilla de un lago…
Desde las costas coloreadas del Mascardi o del mismo Gutierrez, hasta los ríos y cascadas como el Hess, el Steffen, o la increíble Santa Ana…
Las costas de nuestro Nahuel Huapi, las cimas y las vistas de cada montaña…
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Solo el montañés, sin decirlo, lo siente y lo sabe, solo con el esfuerzo de caminatas interminables, con el aliento jadeante al acercarse a refugios y cumbres, algo cambia en su corazón y su mente, y llega el momento que surge un romance, un amor al bosque, al árbol, al color de las piedras, a la nieve inmaculada, al agua bendita y necesaria en los ríos y en los valles, a la calidez del refugio… solo quien ha andado y disfrutado lo suficiente, la compañía en una cena, las melodías de una voz y una guitarra, una amistad imprevista, se adentra en un misterio del encuentro, de la belleza, del milagro y la maravilla de la vida.
Y aunque no pueda explicarlo en palabras, porque no alcanzan a describir lo que siente y vive, el amor crece, y a partir de allí ese sentimiento de querencia… se asienta, permanece, y aún lejos, aunque caminemos por Nepal o por España… se siente, que ésta, ésta también es mi casa…
La playa de arena en Las Grutas, la de cantos rodados en el Nahuel Huapi, la vera de cualquier río en la montaña…. Son nuestras, son un regalo del cielo para nuestros ojos, para pasar una tarde, y también para los turistas, quienes vienen y vendrán de visita…
Son también una querencia, algo que valorar y cuidar, algo que respetar, algo que también necesitamos a aprender a amar…
Compartir el Amor a la Querencia
En éste tiempo extraño y recluido de pandemia, casualmente muchas fotos se han publicado y disfrutado entre vecinos del barrio, muchos que en realidad ni nos conocemos, fotos de flores, atardeceres, lago, pájaros, maleza, montaña, belleza…
No va a arreglar el mundo, pero creo que ese compartir paisaje y cosas bellas, un poco nos ayudó a estar mejor, a pasar el encierro con alguna sonrisa, con alguna esperanza en una mejor comunidad.

Porque, en un punto, la belleza es contagiosa, como los buenos actos, como la alegría sincera, como la amistad verdadera… así que ahora, nada de pálidas, nada de no hagas esto, ni tires aquello, ni como debieras hacerlo, ni prohibido… que está probado que solo sirve para invitar a transgredirlo…
Probá a darte cuenta del milagro que trae cada día, de la nieve que se vuelve río y lago, de la naturaleza que aún con nuestro descuido persiste y se abre camino, la belleza enorme del lugar que habitamos.
Probá a quererlo, a amarlo como a tu casa y a tu familia; tu entorno natural, el lugar que en realidad te nutre y te sostiene, el lugar maravilloso en el que habitas, que también es tuyo, que disfrutas cada vez que te acuerdas y pasas un rato allí, que más no sea con tus ojos, con tus hijos en una bici, caminando por la costanera, o yendo de paseo, a caminar al bosque, la montaña o a la estepa… aprovecha el momento, tómate un rato largo en calma y trata de mirarlo con otros ojos.
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Tal vez te des cuenta cuanto te hace falta, ese agua cristalina, la sombra del árbol, el piar de un pajarito, o simplemente la belleza en el color escandaloso con que llena el cielo un solo atardecer. Y se te ocurra alguna locura como juntar piedritas de colores, jugar con el perro, o reparar en el color de las hojas, mirar bajo el agua cristalina, encontrando en cada detalle el misterio y la abundancia de la vida misma.
Entonces, y solo entonces empezarás a amar a la naturaleza, cuando te des cuenta que estás habitando en ella, que «sos parte de allo», y entonces, por fin, lo hagas parte y razón de tu propia querencia.
Desde san Carlos de Bariloche,
Alejandro Vaccari
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