Las tres A… y la que falta
Las tres A… y la que falta
Alegría, Agradecimiento, Armonía y el Amor que lo transforma todo.

Hay cosas que me gustan sin saber muy bien por qué. Los juegos de palabras que ayudan a recordar, por ejemplo. Convierten una idea en un pequeño mapa que podemos llevar con nosotros y consultar cuando la vida nos plantea sus preguntas.
Hoy te propongo uno. Son tres palabras que empiezan por la misma letra:
A de Alegría.
A de Agradecimiento.
A de Armonía.
Tres palabras que pueden ayudarnos a vivir de otra manera. Aunque, como veremos, quizá nos falte una más, una A, que está inmersa en cada una de las otras tres.
Primera parte: las tres A
A de Alegría
En los Hechos de los Apóstoles encontramos unas palabras que Pablo atribuye a Jesús: «Hay más alegría en dar que en recibir» (Hch 20,35).
Pero siempre ha sido así y siempre será. Es algo reconocido entre los místicos. Decía Teresa de Jesús: «Un santo triste es un triste santo». No existe Alegría sin Dar.
Lo que DAS, lo que ofreces al Universo y a las personas concretas, vuelve a ti amplificado y multiplicado, de maneras muy diversas. Con frecuencia son gratificaciones mucho más hondas que cualquier bien material: paz interior, vínculos verdaderos, sentido. Lo cual no excluye que lleguen también, a veces, recompensas humanas y materiales. Es una ley universal con una condición fundamental, de la que hablaremos al tratar la cuarta A.
La alegría, que provoca el dar, siempre, por la ley de la que hablábamos, no consiste simplemente en estar contentos porque las cosas salen como queremos. Es algo más hondo. Podemos tener muchas cosas materiales, incluso salud física, todo y, sin embargo, vivir tristes. También se pueden atravesar días difíciles conservando una alegría que no depende de las circunstancias.
Es un don espiritual. Cuanto más damos más espacio dejamos para poder recibir más. Por eso la Alegría de la que hablamos no aparece cuando acumulamos, sino cuando compartimos; cuando damos. El acumulador se convierte en un cuarto oscuro que no puede vivir con Alegría, porque ésta procede de la Luz y la Generosidad, de DAR.
¿Damos tiempo? ¿Una palabra de aliento? ¿Atención? ¿Compañía? ¿Aquello que sabemos hacer y que puede ayudar a otra persona?
Spinoza, –el llamado filósofo de la Alegría (laetitia)– entendía la alegría como el paso a una mayor perfección, un aumento de nuestra potencia de existir. Desde esta perspectiva, dar de verdad no empobrece si no que enriquece. Al compartir lo que somos y lo que tenemos, descubrimos que nuestra capacidad de vivir y de relacionarnos se ha ensanchado. Para Spinoza, el egoísmo ciego o la avaricia nacen del miedo y de la impotencia (pasiones tristes). En cambio, la generosidad (generositas) es una virtud activa de la razón. Dar de verdad (compartir conocimiento, amor o bienestar) nace de una abundancia interna. No te vacía; demuestra que eres fuerte y potente.
Quizá la alegría no consista tanto en tener más como en ser capaces de compartir más.
A de Agradecimiento
Dar tiene su reverso: recibir. Y recibir también se aprende.
Hay quien sabe dar, pero no sabe aceptar una ayuda, un elogio o una caricia. Como si necesitar a los demás fuera una debilidad, como si reconocer que hemos recibido algo nos hiciera menos libres.
Sin embargo, respiramos lo que recibimos. Nos alimentamos de lo que la tierra nos ofrece. Aprendemos gracias a quienes nos precedieron. Amamos porque, de una manera u otra, alguien nos enseñó a amar.
La vida entera está atravesada por dones que no hemos producido por nosotros mismos.
Agradecer no es solo decir «gracias». Es reconocer que no somos autosuficientes y que hemos recibido mucho de lo que hoy somos.
El desagradecimiento tiene un riesgo: volvernos, poco a poco, unos des-graciados, si entendemos la expresión como un juego de palabras, personas que han perdido la conciencia de la gracia que reciben a diario.
No significa que debamos estar agradecidos por todo lo que nos sucede, ni que tengamos que llamar bueno a lo que nos hace daño. Significa que, incluso en medio de las dificultades, podemos aprender a reconocer aquello que sostiene nuestra vida.
Agradecer no es negar lo que falta, sino aprender a reconocer también lo que está.
A de Armonía
El universo tiene ritmos, ciclos, movimientos que se relacionan entre sí. Hay algo de música en esa trama de la existencia: cuando las notas encuentran su relación, nace la melodía; cuando una pretende imponerse sobre todas las demás, la armonía se resiente.
Dentro de nosotros sucede algo parecido.
Cuando lo que pensamos, sentimos, decimos y hacemos deja de estar en consonancia, la música interior se vuelve discordante. Podemos decir una cosa y sentir otra, defender unos valores y actuar en contra de ellos, buscar la paz mientras alimentamos aquello que nos inquieta.
Y esa discordancia sostenida puede acabar manifestándose también en nuestro «hermano cuerpo».
¿Cómo recuperar la armonía?
No existen fórmulas mágicas, pero sí pequeños gestos que nos ayudan a regresar a nuestro centro: detenernos al final del día y preguntarnos si hemos vivido de acuerdo con lo que creemos; decir la verdad, aunque nos cueste; guardar unos minutos de silencio para descubrir qué nota está sonando demasiado fuerte en nuestro interior.
La armonía no exige que todo sea perfecto ni que desaparezcan los conflictos. Consiste, más bien, en aprender a relacionarnos con ellos sin perder por completo nuestro centro.
Alegría, Agradecimiento y Armonía. Tres A que ya pueden ofrecernos un buen camino.
Es como Respirar: Solo el que respira en estas tres dimesiones puede sobrevivir: Expiro (doy y dejo espacio para renovar el aire y el oxígeno; dejo ir anhídrido carbónico que va a alimentar otros seres como los árboles ) Inspiro (recibo tomo un aire nuevo con oxígeno que renueva mi organismo) y «…y Retengo: el espacio de quietud donde asimilo lo recibido, transformándolo en energía vital, asegurando la armonía perfecta entre el oxígeno que tomo del mundo y el anhídrido carbónico que le devuelvo. Quizás este pensamiento sobre la respiración merezca una artículo aparte, veremos.
Pero ¿es suficiente esto? Con estos tres pasos ya hemos terminado el proceso? Pues no, falta el paso más importante.

Segunda parte: la A que falta
Si nos quedamos aquí, aún no hemos llegado a la esencia del ser humano. Todo lo que falta es lo más importante. Es difícil de explicar con palabras, pero lo entienden de maravilla los que lo practican y lo ponen en marcha cada día, en lo más concreto. Se trata de la cuarta A, que no es simplemente una pieza más del rompecabezas, si no la quinta esencia de la vida, la que sostiene, orienta y transforma las otras tres A:
A de Amor
Porque podemos dar sin amar y, entonces no habrá Alegría si no tristeza. Podemos recibir, sin amor, y entonces no solo no Agradecemos si no que nos sentiremos des-agradecidos y esclavos. Incluso se rompe esa maravillosa melodía que crea la Alegría y el Agradecidmiento.
El Amor cambia el sentido de todo ello.
Dar sin Amor se convierte en una forma de buscar reconocimiento, sentirnos superiores, comprar afecto o evitar que dejen de querernos. El gesto parece generoso, pero por dentro deja tristeza y resentimiento. Y si hay, recompensa, –por cierto, suele ser siempre solo material o física– la satisfacción que provoca es pasajera y suele dejar hondas heridas en el corazón. Suele alimentar eso que llamamos EGOismo.
Por eso no basta con preguntar: ¿Cuánto doy?
Hay otra pregunta más profunda: ¿Desde dónde doy? ¿Cómo? ¿Con qué intención?
Recibir sin Amor puede transformarse en comparación, envidia o exigencia; en la sensación de que siempre merecemos más. Cuando aprendemos a recibir desde el amor, en cambio, descubrimos que agradecer no significa sentirnos en deuda, sino reconocer el valor de lo que llega a nuestra vida.
La pregunta ya no es solamente: ¿Qué recibo?
Es también: ¿Cómo recibo lo que la Vida me entrega? ¿Tengo el corazón abierto para atraer lo que necesito?
La Armonía sin Amor puede convertirse en control. Confundimos el equilibrio con conseguir que todo suceda como queremos. Pretendemos que los demás piensen como nosotros, que las circunstancias obedezcan nuestros planes y que nada altere nuestra tranquilidad.
La Armonía significa Aceptar la Realidad tal cual es, no, tal y cómo a mí me gustaría que fuera. Cuando no lo hacemos así provoca en nosotros Des-Armonía, miedo, angustia
La Armonía que nace del amor no consiste en dominarlo todo, sino en aprender a habitar los cambios, aceptar lo que no depende de nosotros y actuar con lucidez allí donde sí podemos intervenir.
La verdadera armonía consiste en habitar el movimiento de la Vida sin perder nuestro centro.
Por eso no son tres A más una. Son tres dimensiones de nuestra existencia atravesadas por una fuerza que les da sentido. El Amor no es una cuarta pieza, como decíamos antes que añadimos al final, si no el espíritu que mueve, vivifica, alimenta, engrandece a las otras tres A.
Es inevitable no recordar aquí ese tremendo texto que deberías (deberíamos) leer todas las semanas sobre el Canto al Amor de Pablo de Tarso: Aunque tuviera el don de profecía y descubriera todos los misterios, -el saber más elevado-, aunque tuviera tanta fe como para trasladar montes, si me falta el amor nada soy…. (Véase Carta Primera a los Corintios capítulo 13)
Solo el Amor puede unirlas, orientarlas y hacerlas crecer. Cuando el Amor está presente, algo cambia:
- Dar se convierte en alegría.
- Recibir se convierte en gratitud.
- La armonía se convierte en melodía.
Esto no significa que seamos «ángeles en la tierra» que siempre estemos alegres, que nunca nos cueste agradecer o que vivamos permanentemente en equilibrio y armonía. Hay días de cansancio, pérdidas, desencuentros y preguntas sin respuesta. Es el camino de aprendizaje del ser humano.
Tres Palabras a tener en cuenta, más Una: Alegría, Agradecimiento, Armonía. Más el Amor.
¿Y tú? ¿En cuál de estas cuatro A sientes que tienes más camino por recorrer?
Anota en tu «Vademecum Espiritual» tu cuaderno de ejercicios, lo que no se escribe se tiende a no tener en cuenta. Escríbelo y si quieres luego me comentas.
Paz y Bien. Paz y Alegría

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