La primera visión sobre el redentor en el segundo Libro de Scivias

hidegardaEn esta visión, sor Hildegarda explica el misterio de la Encarnación Divina y lo contextualiza dentro del marco de la creación, del pecado original, la redención y la glorificación. A través de la encarnación de la palabra de Dios se puso de manifiesto la voluntad de Dios. El Dios vivo, que creó todo a través de su palabra condujo al hombre mísero, que se había precipitado a la tiniebla, de vuelta a la redención por la fe. La palabra eterna está en el Padre antes de todo tiempo, antes del surgimiento de la creación. En la brasa de su amor (caritas) y en la aurora de la bienaventurada virginidad, debería hacerse hombre, a lo largo de los tiempos venideros, de forma maravillosa, sin mancha ni pecado, a través de la suave fuerza vital (viriditas) del Espíritu Santo. Dios plantó en el lugar del germen el brillo claro de la luz rojiza. En ella envió, lleno de añoranza, su palabra, sin separarse Ésta de Él, sino que la dio como fruto abundante y la dejó desprenderse como inmenso origen, de modo que cualquier garganta creyente que la degustara, a partir de entonces no se secaría de sed.

Por eso se prendió también la más fuerte voluntad en este brillo de la aurora. Porque en la claridad de la luz rojiza apareció la fuerza verde (viriditas) de la vieja y grande Voluntad, de tal modo que las multitudes enviadas anteriormente la admiraron en brillante bienaventuranza.

Vi algo, como un fuego muy claro, inabarcable, inextinguible, que estaba totalmente vivo, y que contenía una llama azul cielo, la cual centelleaba con suave aliento, y esta llama se pegaba al fuego brillante, de la misma manera que las entrañas del hombre son inseparables a éste. Y vi que esta llama ardía envuelta de luz centelleante.

Y mira que, de pronto surgió una masa de aire redonda y oscura, de enorme tamaño, a la que la llama transmitió golpes a través de chispas desde el aire, hasta que el aire se apartó por completo, y así el cielo y la tierra iluminaban en un orden completo. Después se propagó también la llama por el fuego y por aquella brasa hasta los pequeños añicos de la tierra fangosa, que estaban en el fondo del aire, y los calentó, de tal manera que se hizo la carne y la sangre, y a través de su aliento obró, que un alma viva surgiera.

Después, aquella luz brillante de luz clara en la llama, la cual centelleaba por un ligero aliento, le presentó al hombre mismo una flor de un blanco radiante, que colgaba de la llama, como el rocío sobre la hierba, y cuyo olor el hombre percibe por cierto por la nariz, pero cuyo sabor ni prueba por la boca ni toca con sus manos, y de esta manera se precipitó el hombre al fondo de una profunda tiniebla, del cual no puede subir de nuevo. Lo oscuro de aquel aire se propagó cada vez más y lo rellenó todo. Entonces surgieron tres grandes estrellas en medio de aquella oscuridad, que estaban conectadas en su brillo, y tras ellas muchas otras grandes y pequeñas, brillando en claro resplandor, y después una estrella enorme de una claridad maravillosa, la cual volvía su fulgor hacía la llama.

Pero también sobre la tierra apareció una luz clara como la aurora, con una llama aún más grande y maravillosamente añadida, la cual, sin embargo, no está separada de la citada luz clara, y en la clara luz de la aurora está así prendida la gran voluntad.

Saludos

Víctor Carrillo

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