No querer tener razón

Dos personas conversando de manera serena en un parque, reflejando calma y entendimiento

Rafael Santandreu explora la importancia de dejar de lado la necesidad de tener razón en conversaciones intrascendentes. A través de un experimento personal, el autor muestra cómo ceder la razón no solo evita conflictos, sino que también aporta paz, fortalece las relaciones y promueve una mayor comprensión del otro.

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12 No querer tener razón

Todos los días, Nasrudín paseaba por el zoco con la intención de que alguien le diera una limosna.

A la gente le gustaba reírse de él. No fallaba: cada día le mostraban dos monedas: una grande de mucho valor y otra pequeña de poco, y le pedían que eligiera una. Nasrudín se quedaba mirando las monedas, como dudando, y, humildemente, siempre elegía la más pequeña. Al instante, todos los presentes estallaban en carcajadas.

Cada día sucedía lo mismo, varias veces, por la mañana y por la tarde. Nasrudín siempre tomaba la pequeña y rechazaba la de más valor.

Un día, un amigo que estaba cansado de ver cómo lo ridiculizaban se apiadó de él. Le dijo:

—Amigo mío, la gente en el zoco se está burlando de ti. Cuando te ofrezcan las dos monedas, elige la de mayor valor. Así dejarán de reírse de ti.

Nasrudín no dudó en contestar:

—Ja, ja. Lo sé, lo sé…, pero gracias por avisarme. La verdad es que no me importa en absoluto que se rían. Mi trabajo es muy importante: vendo una pócima para compensar el complejo de inferioridad.

En psicología cognitiva solemos decir que la vía regia para una gran fortaleza emocional está en necesitar poco. A aquellas personas que necesitan muy poco, muy poco les puede asustar. Viajan a ligero. Tienen la oportunidad de disfrutar del paisaje, de la vida.

Esto se aplica tanto a necesidades materiales como a necesidades inmateriales.

Y una de esas falsas necesidades inmateriales es tener razón, una de las más absurdas y que, a pesar de parecer pequeña, causa los mayores disturbios. Sólo hay que pensar en las cenas de Navidad en familia.

Yo mismo, en algún período de mi vida, he tenido esa tonta necesidad. Aunque la he trabajado y, en gran medida, la he conseguido eliminar.

¡Qué descanso!

La necesidad de tener razón por tener razón se produce en esas conversaciones ociosas en las que no hay nada que decidir. Estamos sólo hablando por hablar. Por ejemplo, estás departiendo con tu pareja y surge la cuestión: «¿Es bueno o malo beber leche?». O «¿Era la Edad Media una época realmente oscura o se trata de un mito?». Esto es, debates intrascendentes.

En esas situaciones, por alguna extraña razón, muchas veces el debate se calienta, el tono de voz se endurece, la cosa escala y terminamos enfadados. Una dulce charla se convierte en una amarga pelea. Y la solemos acabar pensando: «¡Este es un cabezón insufrible!».

Lo curioso es que el otro opina exactamente igual de nosotros. ¿Qué ha sucedido?

EL EXPERIMENTO

Desde hace un año, estoy inmerso en un inusual experimento personal. La idea inicial era que durase seis meses, pero me está gustando tanto que he continuado con él y me planteo hacerlo perpetuo.

El experimento consiste en darle siempre la razón a todo el mundo. Especialmente cuando veo que mi interlocutor desea tener razón. En esas ocasiones, a la primerísima de cambio digo algo así: «¡Ah, sí! Puede ser».

Nunca un esfuerzo tan pequeño me había dado unos resultados tan grandes. No puedo más que recomendarlo. Proporciona una paz y una sensación de dominio fantásticos.

Para conseguirlo, hay que seguir dos sencillos pasos:

• Dar la razón.

• Cambiar de tema rápido.

Veamos un ejemplo. Mi amigo Alberto es un tipo fantástico. Le quiero mucho. Pero es extraordinariamente cabezota: siempre —sin excepción— quiere tener razón en todo.

Creo incluso que disfruta desautorizando a los demás para demostrar lo mucho que sabe. Estoy seguro de que su complejo de superioridad esconde un complejo de inferioridad, como suele suceder. E intenta compensarlo aparentando superioridad.

Últimamente, su cabezonería se había incrementado mucho y yo había decidido verlo menos. Pensé: «Ufff, se ha vuelto muy pesado. Como máximo, puedo aguantarlo una hora. Quedaré con él, pero sólo una hora cada vez». Sin embargo, una vez iniciado el ejercicio de dar la razón a todo el mundo, me pareció que Alberto podría ayudarme a practicar, así que empecé a quedar con él mucho más y mucho más tiempo. De hecho, me lo comencé a llevar a pasear por la montaña, durante horas, charlando y charlando.

¡Y fue maravilloso! ¡Se hizo la magia! Ahora ya no me molesta en absoluto que Alberto quiera tener razón. Cero. Me lo paso genial con él porque, en realidad, es una fantástica persona.

Recuerdo que, en una ocasión, me preguntó:

—Rafael, ¿tú meditas?

—Pues no. Tengo un maestro de meditación desde hace muchos años, pero hablamos de la teoría del budismo y la meditación —contesté.

—Pero, Rafael, ¡un psicólogo como tú debería practicar meditación porque es una disciplina básica! —espetó en su tono típicamente autoritario.

—Siempre me ha dado mucha pereza… —repliqué con timidez.

—¡Pero, por favor, Rafael! ¡Tienes que empezar poco a poco y persistir!

¡Bam! En ese momento detecté su típica necesidad de tener razón y exclamé:

—¡El lunes empiezo! —Y, acto seguido, añadí—: ¿Y cómo va ese problema del trabajo que tenías por resolver?

Alberto, sin darse cuenta del abrupto desvío, se puso a explicarme sus cuitas laborales. Estaba tan feliz. Y yo también.

Analicemos el asunto. ¿Alberto quiere tener razón? Se la doy. Pasemos página. ¡No quiero ser más listo! Lo que quiero es compartir, pasar tiempo de calidad, intercambiar amor.

Es curioso que los cabezones nunca se acuerdan de lo hablado. Alberto nunca me preguntó si había empezado a meditar o no. Cuando la conversación fluye, la persona se lo pasa genial y sólo queda esa impresión en el corazón. En el fondo, los cabezones también saben que lo único importante es amar.

Advertencia: renunciamos a tener razón sobre temas intrascendentes, no cuando se trata de tomar decisiones. Si debatimos para decidir algo, lo lógico es defender nuestra posición y luego, incluso, exigir una votación. Aquí sólo hablamos de las conversaciones ociosas.

SIMETRÍA CABEZONA

Para que dos personas entren en una espiral cabezona, tienen que caer los dos. Esto es, ambos tienen que ser igual de cabezones. Si tan sólo uno lo evitara, nunca llegaría a encenderse la mecha.

Puede que uno sea el iniciador —hay personas más cabezonas que otras— pero eso no es una excusa para caer en la simetría cabezona. Siempre podemos decidir no ser cabezones aunque el otro lo esté siendo.

Para evitar caer en esta espiral, hay que comprender los siguientes conceptos:

• Querer tener razón equivale a basar la autoestima en algo erróneo.

• Nadie sabe casi nada.

• No querer tener razón proporciona mucha paz.

• Renunciar a tener razón nos hace superiores.

• No querer tener razón nos diferencia del borrachuzo de bar.

BASAR LA AUTOESTIMA SÓLO EN LA CAPACIDAD DE AMAR

En el capítulo de los complejos ya hablamos de lo sobrevalorada que está la inteligencia. Vimos que la única cualidad valiosa es la capacidad de amar.

Yo me considero una persona inteligente en algún ámbito y muy torpe en muchos otros. Y toda esa torpeza me da exactamente igual porque ya hace mucho tiempo que me amo sólo por el hecho de ser persona.

No querer tener razón es un ejercicio fantástico, porque nos centra en lo importante de verdad: el amor. Cada vez que renunciamos a tener razón estamos fortaleciendo nuestra autoestima porque la estamos basando sólo en nuestra capacidad de amar.

En el capítulo de los complejos demostramos que todos somos tontos. Por lo tanto, al diablo con la necesidad de demostrar inteligencia o sabiduría.

SER HUMILDE DA MUCHA PAZ

No discutir NUNCA por querer tener razón proporciona mucha calma. Allí estamos nosotros, serenos como rocas, como hermosos árboles que se mecen al viento, ante la necesidad del otro de ser más listo. ¡Qué paz!

Visualízate de vez en cuando lleno de sosiego, de dulce majestuosidad, mientras tienes delante una persona que quiere sentar cátedra, que niega abruptamente tu verdad. Con serenidad, le das la razón: «Te entiendo».

Podrías usar muchas expresiones de aprobación para darle lo que desea:

• «Puede ser».

• «Ya veo…».

• «Sí, sí: comprendo».

• «Igual tienes razón».

Y sentir que la serenidad de estar por encima de todo eso nos invade. Ser libre proporciona siempre una sensación de ligereza maravillosa.

En cuanto le das esa tibia razón, simplemente el debate se acaba. Ya podemos cambiar de tema con toda tranquilidad y teniendo el control de la situación.

SUPERIORIDAD ESPIRITUAL Y CAPACIDAD DE MANIOBRA

En realidad, no tener la necesidad de tener razón nos hace superiores. ¿Por qué? Porque ya hemos visto que, paradójicamente, es una actitud más sabia (dentro de la ignorancia de nuestra especie).

Entre los cristianos, sin duda, la humildad otorga superioridad espiritual. Jesucristo decía: «Bienaventurados los mansos de espíritu» o «Has de hacerte como un niño para entrar en el Reino de los Cielos».

En efecto, al permitir que el otro nos quite la razón sentiremos esa elevación. Pensaremos: «Haciéndome ignorante me vuelvo más grande».

Visualiza que determinada persona te quita la razón de forma abrupta. Su gesto equivale a: «Yo sé y tú no. ¡Escucha y aprende!».

Puede que sepas a ciencia cierta que se equivoca. Puede que conozcas exactamente el burdo error que está cometiendo. Tu interlocutor está obcecado en tener razón y sentar cátedra. Visualiza que eres capaz de decirle: «¡Anda! Puede ser…». Y ya.

Así estás entrando en la estirpe de los budas. Te sientes elevado, por encima de la necesidad de ser listo o tonto, versado o inculto. Puedes verte vistiendo una túnica naranja como los monjes del Tíbet: sereno, sabio y feliz.

Mi amigo y maestro Kiko me suele decir: «Rafael, yo prefiero mil veces ser aprendiz que maestro. Me encanta estar rodeado de budas. Que todos sean sabios menos yo. Porque al aprendiz se le permite fallar. Al maestro, no. El aprendiz es fresco y está ávido de conocimiento, es joven de espíritu».

Se trata de un concepto budista muy útil. Disfrutemos ocupando esa posición como cuando éramos jóvenes estudiantes, llenos de curiosidad y vitalidad. Volvamos a ser jóvenes despiertos, llenos de hambre de aprendizaje y vivencias hermosas.

NO SER UN BORRACHUZO

Una simple idea que puede ayudarnos a NO querer tener razón es visualizar al típico borrachuzo de bar. El tipo sienta cátedra acerca de cualquier tema usando su «sentido común» y «sus amplios conocimientos de la escuela de la vida». Se atreve incluso con debates médicos o científicos de alto nivel. Está en el extremo de la cabezonería y la necesidad de tener razón.

Nosotros no queremos ser así, sino todo lo contrario. Por eso, vamos a aprender a no querer tener razón, a cederla tranquilamente cuando alguien nos rete. Cada vez que tengamos tentaciones de tener razón, pensemos en el borrachuzo de bar y digámonos: «No quiero ser un borrachuzo; soy un tipo sencillo y humilde, un estudiante de la estirpe de los budas».

COMPRENDER AL OTRO

Otra estrategia mental para desprenderse de la necesidad de tener razón es centrarse en comprender al otro. Cuando la persona que tenemos delante está siendo cabezota y no quiere escuchar nuestros argumentos, sólo quiere demostrar que es muy listo. Entonces, con serenidad, podemos intentar adoptar «la actitud del antropólogo», es decir, querer conocer cómo piensa. En profundidad.

Nosotros no concordamos con su opinión. Está claro. Pensamos que se equivoca. De acuerdo. Ahora respetemos su decisión e intentemos saber cómo ha llegado a esas conclusiones, qué consecuencias tiene eso para su vida.

Por ejemplo, imaginemos que un amigo cree en la ley de la atracción. Es decir, que si deseas mucho algo, haces ejercicios de visualización, pronuncias afirmaciones positivas…, ese deseo acabará por producirse de una manera mágica. Y tú no estás de acuerdo en absoluto. Si captas que tu interlocutor quiere tener razón —digas lo que digas—, puedes optar por interesarte en su forma de pensar. Sinceramente. ¿No es fascinante saber cómo ha llegado a esa conclusión? ¿Qué le ha conducido a pensar así?

Y lo mismo con alguien con ideas políticas opuestas. ¿Cómo piensa la gente de ultraderecha? ¿Qué falsas creencias sostienen en su discurso? ¿Cómo han llegado a pensar así?

Cuando nos centramos en comprender, ya no deseamos tener razón. Existe algo mucho más interesante y divertido que eso: aprender, conocer.

Mi amigo Kiko, cuando empieza a discutir con su mujer, siempre le dice: «Cariño, yo no quiero que me des la razón. Sólo quiero que me comprendas».

Comprender al otro es un acto de amor, pacífico y bello. Querer tener razón es un acto de oposición tonto.

DEJAR ACABAR LAS FRASES

Cuando hemos desarrollado el feo hábito de querer tener razón, solemos interrumpir a los demás. Como el borrachuzo de bar. Muchas personas nunca dejan que el otro acabe de hablar. Como ya conocen sus argumentos, atajan. Interrumpen y se precipitan a explicar su contrargumento.

Éstos son los problemas de este mal hábito:

• Acelera las conversaciones hasta hacerlas frenéticas, lo cual es desagradable.

• Molesta porque el otro no se siente escuchado.

Aunque conozcamos perfectamente las ideas que maneja la otra persona, calma, hay que permitir que se explaye a gusto, con amabilidad. Las conversaciones son intercambios amorosos: tú me explicas y yo te explico, como un masaje mutuo de mentes.

Esto es lo que nos aportará dejar acabar las frases:

• Paz mental.

• Disfrute de las conversaciones.

• Espacio para el cariño.

• Una ralentización siempre agradable.

• La apreciación del otro, pues siente que lo comprenden y lo tienen en cuenta.

Incorporemos esta simple medida a nuestra vida y veremos que incrementamos nuestras habilidades sociales de un plumazo.

SER REALMENTE ELEGANTE

Con veintipocos años tuve una experiencia que, por alguna razón, he recordado toda la vida. En aquella época formaba parte de un grupo excursionista que organizaba salidas a la montaña. En una de esas excursiones apareció Carlos, un chico de mi edad que enseguida se puso a charlar con nosotros, los integrantes habituales.

Su trato resultaba muy agradable. Más que eso: extraordinariamente agradable. Era muy cómodo hablar con él y te hacía sentir bien. Carlos desplegaba una elegancia interior maravillosa.

Cuando acabó la jornada, mi amigo Fernando y yo nos dispusimos a regresar a casa. Yo iba en el asiento del copiloto cuando Fernando dijo:

—¡Qué agradable es Carlos! Tiene algo especial. Tenemos que llamarle para que venga más con nosotros. ¿No te parece?

—¡Sí! Tienes razón. ¡A mí también me ha caído muy bien! No sé qué tiene pero es muy agradable —concluí.

Muy pocas veces en mi vida me he tropezado con alguien con una presencia tan atrayente. Pero, ahora que lo pienso, Carlos dejaba hablar a la gente, no quería tener razón y se mostraba realmente interesado por los demás. Creo que eso es lo que le hacía tan elegante.

Si aprendemos a no querer tener razón —y dejamos que la gente se exprese—, las personas que nos rodean se volverán mucho más afectuosas. Nos apreciarán más que nunca, aunque ellas mismas no sepan exactamente por qué. De repente, nos volveremos personas como Carlos, elegantes y agradables; personas muy atrayentes.

En este capítulo hemos aprendido que:

• Necesitar tener razón es muy tonto y causa mucho malestar.

• Podemos practicar a darle la razón a todo aquel que piense que lo necesita.

• Habrá que 1) darle la razón y 2) cambiar de tema.

• Querer tener razón es basar la autoestima en algo erróneo.

• Nadie sabe casi nada.

• No querer tener razón proporciona mucha paz.

• Renunciar a tener razón nos hace superiores.

• No querer tener razón nos diferencia del borrachuzo de bar.

• Querer comprender profundamente al otro nos hará muy flexibles.

• No querer tener razón es muy elegante.

• Es importante dejar acabar las frases.

Del libro de Rafael Santandreu, No hagas montañas de granos de arena,

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En resumen, Rafael Santandreu nos muestra que renunciar a la necesidad de tener razón nos libera de conflictos innecesarios, mejora nuestras interacciones y fomenta una vida más tranquila y llena de empatía. Esta actitud no solo nos hace más sabios y humildes, sino que también nos permite cultivar una elegancia interior que mejora nuestras relaciones personales.

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