La Navidad en casa del tío Raúl (segunda parte)

Para leer la primera parte de este artículo haz clik aquí

Ya por la tarde, luego de descansar, salimos a caminar y explorar el vasto jardín y patio, o mejor dicho, la porción de campo más urbanizada que rodeo la casa, hay cancha de bochas, una gran pileta ovalada, una parte que parece cancha de futbol y al fondo contra unos grandes eucaliptus tres blancos de eso que se usan para tirar con arcos y flechas. No obstante todo lo lindo visto, lo mejor lo encuentro al regresar, en la galería una hilera de tambores que transpiraban y estaban tapados con bolsas de arpillera, llenos de botellas individuales de refrescos, era solo cuestión de sacar uno y buscar alguien que los destapara, y la magia estaba hecha.

Para cuando llegó el 24, ya era famoso en las canchas de bochas, pues en medio del partido, pasaba corriendo y me llevaba el bochín, cosa que incomodaba a los mayores, incluido mi papá. Ya para ese momento éramos una pandilla de 10 o 12, que alternábamos entre juegos de escondernos interminables y encarnizados combates entre bandos mixtos de indios y cowboys, con improvisados fusibles de palo y ramas.

Mientras el día transcurría, aprovechando el sol y el buen clima, los que optaron por la pileta tenían un desfile en trajes de baño de épocas pasadas que, organizado por Tía Angelita la mayor de los hermanos, hacía las delicias de los concurrentes con vestidos que realmente orillaban lo ridículo. El Tío Raúl junto con Víctor, muy unidos, no se perdían detalles y festejaban con grandes carcajadas hasta las lágrimas.

Al promediar el anochecer, cada familia fue a su aposento para prepararse para la cena de Noche Buena, el encuentro era para las 22:30 en el comedor principal, donde una gigantesca mesa en U albergaría a 60 o más personas. El árbol de Navidad estaba en el recibidor era gigante desde mi perspectiva, y cada vez que pasaba seguía vacío, aun no llegaba el Niño Dios.

No recuerdo que cenamos aquella noche, pero si recuerdo que la cena fue ruidosa, con grandes carcajadas, un sinfín de anécdotas y bromas recíprocas entre los primos y los tíos,

¡Qué hermosos era aquello!

En cierto momento, el Tío Raúl hizo sonar una campanilla, habló y agradeció que estuviéramos allí, comenzaron a estallar corchos de botellas de sidra y de champagne, se llenaron las copas y brindamos por el comienzo de la Navidad. Hubo besos y abrazos, y más besos y más abrazos como nunca antes en mi vida, hubo lágrimas y gente exultante de alegría.

En cierto momento, se abrió la mampara que separaba al recibidor y, la Tía Esther, anunció que el Niño Dios había llegado, dejando presentes para todos, … Nuevamente -¡Guau, nunca había visto tantos regalos juntos en mi vida!- Yo le había pedido un camión, pero parece que como no me encontró en Tucumán, se le perdió y me dejó una imitación de escopeta que dispara un corcho como a 2 metros de distancia, un arma letal, para mis adversarios.

Los chicos agarramos nuestros juguetes y corrimos al jardín para probarlos, todos tuvimos uno. Los grandes, se agruparon por afinidad y, mientras comían turrón y una porción de pan de Navidad, no dejaban sus copas vacías, se sucedían risas, parloteos encendidos que invariablemente terminaban haciendo reír al resto, sea por una anécdota, sea por un relato gracioso.

Alternado entre uno y otro grupo, el Tío Raúl compartía y amenizaba la reunión, sonreía, se lo veía feliz, a pesar de su gesto naturalmente adusto. Creo que en su interior su alma estaba llena de júbilo, tenía a la familia unida, en paz y con alegría, reunida bajo un mismo techo.

Al fin y al cabo, y salvando las distancias, con su esfuerzo había renovado el milagro de la Navidad. Reunió a su familia en nombre del Señor.
Hizo felices a propios y ajenos. Posibilitó el reencuentro de los primos, que por las circunstancias de la vida acumulaban años sin reunirse. La recibió y disfrutó de la compañía de a su hermana (mi abuela) en su casa.

NAVIDAD EN LA ESTANCIA DEL TÍO RAÚL (IV) 

Al día siguiente, el 25 de diciembre de 1965, los festejos continuarían con asado a la sombra de los eucaliptus. El movimiento se empezó a anotar cerca del mediodía, poco a poco las familias fuimos para donde se preparaba un gran asado por unos cocineros con pinta de gauchos.

Desde allí, la casa no parecía tan grande como como cuando jugamos en el jardín, por suerte alguien llevó una pelota para jugar, porque el sol está muy fuerte para cruzar el campo hasta la casa para buscar los juguetes.

Antes de comenzar el almuerzo, el Tío “Gordo”, el primogénito de Raúl, desafía a sus primos con un concurso de tiro al blanco con arco y flecha. Papá hará los honores por nuestro lado, -¡parece fácil!- pienso

Se dividen en equipos, y comienza el certamen, ¡Ups, no resulta tan fácil! Se suspende por un momento para buscar las flechas que siguieron de largo al eucaliptal, y juntar las que no llegaron a los blancos, siquiera.

Alguien llama a la mesa, almorzamos el asado a la criolla, y de postre helado, lo que más me gustó fue el helado. El almuerzo es con menos euforia que la cena pero igualmente divertido. En mi recuerdo, repaso las caras de los asistentes y puedo resumir diciendo que todos, en mayor o menor medida, estaban satisfechos y aun sentían regocijo de la velada de la noche previa.

Más temprano que tarde, la mayor parte se retira para dormir una siesta, pero el abuelo Tomás, junta a sus nietos Luis, Eunice, Pablo y yo, y le dice a mamá y a la Tía Pili que nos pongan las mallas de baños, porque él no llevara a la pileta. El abuelo Tomás hablaba muy poco, tenía una sonrisa grande y generosa, propia de la gente criada en el campo, como él que se crio entre las islas del Salado en su desembocadura en el Río Santa Fé. Me contó alguna vez que el joven salía a pescar llevando una miga de pan, con la que pescaba mojarras, que luego usaba para carnada de otros peces. También llevaba una caja de fósforos dentro de una lata para que no se mojen, y un poco de sal y alguna fruta. Con la pesca del día se alimentaba y así pasaba hasta una semana, perdido para el resto del mundo. El tiempo le daría la oportunidad de estudiar y tener un título de Dibujante Técnico, que le abrió las puertas de Aguas Corrientes Argentinas. Pero su historia, se las cuento en otra oportunidad.

Horacio José Abril

Por favor, comparte:

Añadir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *