De camino a la pesca

Pasadas las seis y quince, me levanto naturalmente, trato de no hacer ruido (la familia aun duerme), junto mis cosas, las cargo en el auto, y en no más de veinte minutos estoy en la ruta, con rumbo a mi destino de pesca, dispuesto a disfrutar.
El camino es tranquilo, es sábado en Corrientes y hay poco tráfico, casi nada.
Me serena y me lleva por su recorrido de suaves lomas. Su dibujo, placentero, combina rectas planicies con curvas amigables. A sus lados, se suceden sin un orden lógico, extensos pastizales con vacas, ovejas y hasta algunos ñandúes, seguidos de bosques de pinos implantados y alguno que otro mogote, de lo que fuera antaño, (antes de la Cia. Inglesa como los viejos de acá dicen), la verdadera flora de este lugar.
Primero, por mi derecha, el horizonte en su armonía me regala el mejor juego de luces y sombras que se pueda tener, gradualmente, me lleva desde una franja roja en el confín del mundo a un halo rojo naranja, que se precipita y tiñe en el oriente el azul del cielo, ahora torna del rojo-naranja al naranja- dorado, los pinares del costado abandonando de a poco su profundo azabache, comienzan a develar sus sombras y, de a poco, a mostrar su color verde.
Mientras esto pasa, los pájaros que ya comenzaron su día, revolotean y hasta contorsionan en el aire, ¡hay que desayunar!, parecen decir sus idas y vueltas, seguramente siguiendo algún bichito, algo con que comenzar.
Bajo los vidrios y entra como una tromba el viento frío del amanecer que junto con el ruido sordo del motor, me golpea en mi armonía y explota mis sentidos.
Y comienzo a sentir.
Los aromas del campo, que al principio solo viento frío, ahora los saboreo. La miera de los pinos, que enmarcan ambos lado del camino, la humedad del pasto en las banquinas y la señal inconfundible de un mamífero. Alcanzo a escuchar los trinos de alguna calandria y el de un hornero.
Voy solo …¿Voy solo?
Estoy feliz conmigo mismo, disfruto, me siento parte de este mundo, y aun no llego a destino.
Horacio J. Abril

