Cuando voy a pescar

Pasa casi una hora desde que salí de casa, por el espejo retrovisor veo, el sol, un gigante a mis espaldas, que se agiganta y embiste con su resplandeciente luz el nuevo día; veo a mis lados, las sombras que ahora más cortas, dan paso a los tonos verdes, marrones y rojizos, de ésta tierra ahora mía.

Y nuevamente por mi derecha, con ganas de tocar la ruta se asoma el espejo de agua de la represa Yacyretá, se hace infinito y no adivino a distinguir la orilla del Paraguay. Está manso, casi como un cristal, solo estremece y altera su armonía, haciendo nacer una onda, algún obstáculo que se mueve.

Sigo en mi camino, al final de la curva ¨Del Flaco Alderete¨ cambia el paisaje, con un breve descenso entro en el borde del humedal, de los esteros del Iberá, es llano, muy verde, colmado de vida. La ruta lo hiere, tanto como a sus habitantes naturales que lo sufren diariamente. Más obstáculos, ahora para los que vuelan, son tres, cuatro o más líneas de alta tensión y otras tantas de menor porte, nacen en la represa y marchitan el paisaje. No me gusta lo que veo, ¿porque los que lo hicieron no pudieron verlo, o acaso no quisieron verlo?

Ahora paso la estación de peaje, a los diez kilómetros llego a Ituzaingó, ingreso y me detengo en lo del ¨Pelao Amigo¨ para comprar carnada. Es un lugar pintoresco, casi obligado y plagado de cosas curiosas, supuestamente todas útiles para la pesca, al menos yo lo creo. Se siente bien la charla, siempre dispuesta de su creador. En el intercambio con el anfitrión, siempre viene el dato, -“¡que dijo Fulano, que con miñoca sale la boga en La Chanchería, y que Sultano gareteando con señuelo, peleó un par de buenas corridas de surubí, en Guapurundú!”-. Entre sonrisas y buenos augurios lo dejo al Pelao, hago cien metros más y estoy en la guardería.

Casi las siete treinta, debo enganchar mi lancha y pasar lo necesario para navegar, y llevarla al río. Lo hago rápido y en silencio, no quiero despertar a Raúl, al fin y al cabo por eso me dio la llave del candado, pero además es un conversador locuaz, y perdería buena parte del pique de la mañana, tratando de escaparme sin aparecer grosero y poco generoso interlocutor.

Por fin el puerto, no lo veo al ¨Sopa¨, es temprano para él, otros dos cuyos nombres no conozco ayudan a bajar la lancha al agua y poner a resguardo el tráiler, nuevamente más datos sobre dónde y con qué se da el pique, ninguno coincide. Agradezco la ayuda y los datos, al regreso pagare sus servicios, es su trabajan, es de lo que viven, de acarrear lanchas, de alguna que otra changa, y del pescado.

El río Paraná corre calmo, imparable, inagotable. Mis sentidos despiertan y junto con ellos sensaciones, me emociono, aire fresco en cara, olor a pescado. Me descalzo y piso la arena húmeda, muy fina, invita a tomarla con los dedos de los pies, me gusta como se siente el agua. El sol ya cálido del lado que la brisa no acaricia, y el cielo todo celeste, me dicen que el día será maravilloso para estar pescando.

Mientras, subo a la lancha y acomodo mis cosas para que no vuelen con el viento, enciendo el motor, e inútilmente hago cálculos sobre cuál es la mejor opción para pescar, la más acertada, la menos engañosa, la más segura, la más cómoda, no puedo evitar que mi corazón se acelere. Finalmente me hago al río y decidiré sobre la marcha, total estoy solo, …¿Estoy solo?

Me siento más vivo, me siento feliz. Quisiera que todos sientan lo que yo.

Quisiera poder compartir.

Horacio J. Abril

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