La religión del hombre sensato (I) ¿La religión es el “dios falso del siglo XXI”?

Foto de Andrés A
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La religión del hombre sensato (I)

¿La religión es el “dios falso del siglo XXI”?

Venimos diciendo que en este camino del hombre hacia Dios, lo que desde el paleolítico se llama religión, los no cristianos, y los cristianos también, hemos preferido hacer de la religión choza más que camino. Ya dijimos que Cristo no quiere chozas de instalados, sino el hombre nuevo, que ha de nacer cada día que empieza. No le dejó al apóstol Pedro montar las tiendas, le habló de seguirle con la cruz, camino hacia la resurrección. Y decíamos también que las chozas, en religión, son los dioses falsos, los que nos inventamos nosotros para que no incomoden. Lo que nos importa es el hombre nuevo, nacer siempre de nuevo.

Si la religión, a lo largo de los siglos ha sido seguir el rastro de las huellas de un caminar, también es verdad que la religión ha sido el mejor caldo de cultivo para la idolatría. Todas las religiones de la tierra han caído en la tentación de decir que son la única y la última palabra. Esto es idolatría. Y cuando los cristianos defendemos que nuestra religión es la única verdadera, rechazando y despreciando cualquier actitud de búsqueda en otras culturas y religiones, estamos negando nuestra verdad.

Aquí no caben actitudes catastrofistas ni predicaciones que emboben a la gente, como esa de los testigos de Jehová: ¡se salvarán 144.000! ¿Seré yo uno de ellos? No hace mucho el Papa Benedicto XVI hizo un comentario sobre esa pregunta del Evangelio: “¿Son muchos los que se salvan?” No es este nuestro tema de hoy, pero el Papa respondió: “los excluidos son los que obren iniquidad, mientras que serán acogidos todos aquellos que hayan obrado el bien y buscado la justicia, aunque a costa de sacrificios. La bondad del corazón, la humildad, la mansedumbre y la misericordia, el amor por la justicia y la verdad, el compromiso sincero y honesto por la paz y la reconciliación, estos rasgos son el carné de identidad”, dice el Papa, que nos cualifica como amigos de Jesús, y es el “pasaporte” que nos permitirá entra en la vida eterna.

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