De espaldas a Dios
El hombre orgulloso dice que no necesita de Dios
Hemos visto, al hablar del hombre en el origen, que una de sus primeras experiencias era la de sentirse criatura. De ahí parten las primeras experiencias religiosas. Al sentirse pequeña, con sed de infinito, Eva dice que quiere ser como Dios. He aquí la primera formulación de la primera experiencia religiosa.
Muchísimos siglos más tarde, ya en siglo XIX, algunos ateos -que siguen siendo parecidos a los de hoy- pretendían explicar la religión y a Dios diciendo que eso no es más una proyección de la miseria humana, pero cuando el hombre esté desarrollado gracias a la ciencia, no necesitará a Dios ni la religión. Pero, ¿hasta cuándo tendrá que desarrollarse el hombre para sentirse satisfecho del todo? O, ¿qué realidad de esta tierra puede saciar su sed, si la sed es… de infinito?
Tenemos que decir que desde Adán y Eva hasta el hombre del siglo XXI el desarrollo ha sido fantástico. Y… ¿está más satisfecho de sí el hombre moderno que cualquiera de nuestros abuelos con menos tecnología? Éste es el problema, que cuando el hombre orgulloso dice que no necesita de Dios, se justifica a sí mismo con sus obras, y cree que la ciencia acumulada es la garantía de su futuro.
Una fe ciega en el hombre
Este hombre que da la espalda a Dios tiene una fe ciega en el hombre y, efectivamente, también Dios tiene una fe ciega en el hombre; es lo que nos vino a decir Cristo, que Dios ama al hombre y que Dios quiere y busca la salvación del hombre. Pero cuando el hombre, fiado en sus propias fuerzas, da la espalda a Dios, la catástrofe está asegurada. Ya hace 2500 años el hombre de la Biblia había adquirido experiencia de las catástrofes y la formulaba así: “Maldito quien confía en el hombre y se apoya en la carne, y en su corazón se aparta de Yahveh”. Es una cita de Jeremías en su capítulo diecisiete. Y el libro bíblico del Deuteronomio: “Maldito el hombre que se fabrique ídolos para adorarlos…” que inmediatamente traduce o concreta de la siguiente manera: “Maldito quien desvíe a un ciego en el camino”.
He aquí las catástrofes de los humanos que han abandonado a Dios. “Maldito quien tuerza el derecho del forastero, el huérfano o la viuda. Maldito quien mate a traición a su prójimo. Maldito quien acepte soborno para quitar la vida a un inocente”. Son las maldiciones del hombre que, en su soberbia, cava su propia tumba.
El hombre engreído
Frente a este tipo de hombre, está el que sintiéndose pequeño, criatura, y dependiente de su Creador, se reconoce al mismo tiempo grande y lleno de posibilidades y de futuro, porque la fuerza que le sostiene para conseguirlo es el mismo que lo creó, Dios. La única diferencia con el hombre engreído de sí, pero diferencia fundamental y esencial, es que éste no justifica su grandeza en el resultado de sus obras, sino en Aquél que le dio tales capacidades para realizarlas.
Juan José Fernández Ibáñez sj, en el capítulo 1 de su obra El peregrino Insatisfecho- Seguimos tus Huellas 3, Editorial De Oriente a Occidente, www.deoao.com
La imagen es de Laura Lissa Borello desde Bellevista, Uruguay
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