Encuentros en la Otra Dimensión

Luz y Paz, en el más allá, según testimonios reales

Encuentros en la Otra Dimensión

En el Umbral: Experiencias con el «Más Allá»

Desde tiempos inmemoriales, la humanidad se ha preguntado qué hay más allá de la muerte. Las experiencias cercanas a la muerte,–como las que vamos a compartir en este artículo– en las que una persona se encuentra al borde de la vida y regresa para contarlo, han fascinado y desconcertado a científicos, filósofos y personas de todas las creencias.
Los dos testimonios que siguen, –reales y concretos– ofrecen una mirada íntima a estos misteriosos viajes más allá del tiempo, invitándonos a reflexionar sobre el significado de la vida y la muerte.
¿Qué nos espera al otro lado del velo? ¿Qué secretos nos revelan estas experiencias sobre nuestra propia existencia?».

Vamos, ya a conocer a estas dos mujeres.

 El Camino de Talía

«Estaba trabajando, como cualquier día normal. Era alrededor de las 11: 20 horas. Había un sol lindo. Había desayunado un café con leche y galletas de pepas de membrillo. Estaba dando clases. De pronto, sentí que las fuerzas me abandonaban; mis manos ya no respondían, todo empezó a darme vueltas, y caí al suelo. Era todo negro, negro, negro. Cuando desperté más tarde, me di cuenta de que me faltaban varios dientes, pero eso no era lo importante. Lo verdaderamente impactante fue lo que viví mientras estaba inconsciente.

Me encontré en un camino rodeado de hierba alta. A lo lejos, en el horizonte, podía ver el sol, un árbol solitario y dos pájaros arriba a la derecha del árbol. Era como si todo lo que me rodeaba estuviera impregnado de calma. Intenté mirar a la derecha porque veía como algo negro. Me encandilaba una luz y no podía ver. Me sentía flotando y con el cuerpo liviano. De pronto, apareció frente a mí una figura angelical, un rostro precioso rodeado de luz. Me tomó suavemente de mi brazo derecho con ambas manos y, con una voz dulce, me dijo: ‘Ven’.

Quise mirar atrás, pero él me detuvo con suavidad. ‘Sigue, no mires atrás’, insistió. Entonces le pregunté por mi esposo: ‘¿Y Luciano?’. Él, con calma, respondió: ‘Déjalo. Tú sigue’.

Aun así, insistí: ‘¿Y mi familia?’. Con la misma dulzura me dijo: ‘Van a estar bien, sigue’.

Me animé a seguir adelante. En ese momento, comencé a ver cómo la luz brillante que estaba en el horizonte se abría frente a mí. No caminaba, avanzaba flotando. Era hermoso, simplemente hermoso. Todo era tan pacífico que no quería regresar.

De pronto, empecé a ver estrellitas y destellos de oscuridad. Un ruido extraño apareció, y sentí que algo me tiraba hacia atrás. Poco a poco, todo se volvió oscuro, completamente negro.

Justo cuando estaba a punto de dar un paso más, sentí una fuerza que me jalaba hacia atrás con mayor intensidad, y la oscuridad se hizo más cercana. Comencé a distinguir figuras, rostros. Intenté hablar, al instante se me cayeron varios dientes, rotos por la caída.

De repente, sentí unas palmadas en la cara. Eran mis compañeros de trabajo, intentando despertarme. Luego me llevaron al hospital, donde pasé varios días ingresada e inconsciente.

Nunca conté esto a nadie porque pensaba que me tomarían por loca. Pero ahora que lo he compartido con personas de confianza, siento una mezcla de nostalgia y gratitud por ese momento. A veces me pregunto, ¿por qué regresé?. En aquel lugar me sentía tan bien, como si todo tuviera sentido. Pero estoy aquí, y creo que sigo en mi camino de vida.»

***

 La Señal de mi Madre

«Soy una persona mayor y dependo de una máquina de oxígeno para vivir. Hace unos meses mi enfermedad se agravó y pasé mucho tiempo en el hospital. La situación era tan delicada que uno de mis hijos, que vive al otro lado del mar, tuvo que viajar para estar conmigo. Parecía que me iba.

Un día, mientras estaba ingresada, perdí el conocimiento y viví algo que jamás olvidaré. De repente, me encontré caminando por un lugar extraño. A mi derecha vi algo oscuro, donde estaban mi abuela y una tía. Apenas recordaba a mi abuela porque murió cuando yo era muy niña, y con mi tía tampoco tuve mucha relación. Allí estaban, mirándome, pero no se movían.

Frente a mí había una luz maravillosa, una luz que no sé describir con palabras. En medio de esa luz estaba mi madre, tal como la recuerdo cuando era más joven: feliz y hermosa. Ella no dijo nada, pero con su mano hizo un gesto muy claro, como cuando se le dice a alguien con la mano: ‘Regresa’.

Yo no quería regresar. Estaba tan contenta de verla, tan en paz. Pero mi madre hizo el mismo gesto otra vez, y entendí que debía volver. De repente, todo se iluminó y escuché voces que me llamaban. Era la enfermera junto con la doctora, que me tocaban la cara intentando despertarme.

Desde aquel día, mi salud mejoró notablemente. Ya no paso todo el día con mi máquina de oxígeno; ahora solo la uso por las noches. Me siento mucho mejor, como si algo hubiera cambiado dentro de mí.

A veces pienso en mi madre y en ese gesto suyo tan claro, como diciéndome que aún no era mi momento. No sé por qué regresé, pero estoy agradecida de estar aquí.»

Reflexión Final

Estos hechos son reales, vivencias recientes, las protagonistas son dos personas que viven y beben entre nosotros.
Quizás ambos testimonios nos abren la ventana a ver la muerte como una parte del mismo viaje de la vida.
¿Qué te dicen a ti estas dos historias?
¿Quieres compartir tu opinión en los comentarios?

Gumersindo Meiriño Fernández

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