El ser humano – águila

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En una de las últimas casas en las que he vivido había una imagen de la Virgencita de Fátima. Un día esa imagen se la llevaron al comedor. De vez en cuando a su lado aparecía una velita encendida. Muchas veces pensé en esta imagen de María como la Señora de las Tormentas. La cocinera, ante la cercanía de truenos y rayos, reaccionaba inmediatamente y encendía una vela a la Virgencita de Fátima.

Pero hay otras formas de manifestarse ante la proximidad de borrascas y tormentas, ¿Sabes tú cómo reaccionan las águilas?
El águila intuye cuando una tormenta se acerca mucho antes de que empiece, y entonces se prepara para cuando llegue. Viendo cómo se acerca vuela a un sitio alto para esperar los vientos tempestuosos y violentos. Cuando llegan el águila extiende sus alas para que el viento las agarre y le lleve por encima de la tormenta. Mientras que la tormenta esté destrozando abajo todo lo que encuentra en su camino, el águila vuela por encima de ella. El águila mira desde arriba.

El águila no escapa a la tormenta. Sencillamente usa esa fuerza gigante para levantarse más alto. En ese instante se eleva más que nunca empujada por los vientos huracanados. No se amilana ante la tormenta, la usa para subir más alto.
Cuando las tormentas de la vida llegan, que siempre aparecen, ¿cómo reaccionas tú?
El otro día parecía cernirse una tormenta en nuestro trabajo profesional. Con María, mi esposa, nos planteamos la solución y le pedimos luz al Espíritu Santo. Y lo hablamos mientras el temporal se calmaba y pensamos que con la fuerza del Espíritu Santo, no por los méritos propios, podemos volar sobre la tormenta. Y nos dimos cuenta de que los tornados, cuando uno está cerca de Dios sirven de ayuda para subir más alto. María me dijo,”tenemos que saber aprovechar estos momentos, esta borrasca nos preparará para las que vienen”.

La Palabra de Dios, es “tremenda” como dice nuestro pastorcito Huguito. Fíjense: “Los jóvenes se cansan, se fatigan, los valientes tropiezan y vacilan, mientras a los que esperan en Dios, Él les renovará el vigor, subirán con alas como de águilas, correrán sin fatigarse y andarán sin cansarse” (Is. 40, 30-31).

Seguramente te encontrarás con personas que se quejan de continuo de la vida, de sus dificultades, de sus dolores, de las desgracias. Para el que no ama a Dios los pesos de esta vida son insoportables. Pero los que aman a Dios son como águilas, presienten la tormenta, entonces extienden las alas de la oración, de la fe y el viento huracanado los eleva más alto por encima de los truenos y los rayos. Las águilas miran desde arriba, desde las alturas. No mueren aplastadas.
Escrivá decía: “No vueles como un ave de corral, cuando puedes subir como las águilas”.

Tú también puedes ser águila. El hombre que pone su vida en manos de Dios es águila.

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