Navidad en la estancia del tío Raúl

La abuela Velia, fue el ser más dulce y compañero que tuve en mi primera infancia. Madre de mi madre, optó por cuidarnos cada medio día, a mi hermano y a mí, hasta que comenzamos a ir a la escuela. Por las mañanas, de lunes a viernes, era la representante de mamá que, trabajaba desde muy temprano hasta las 14 horas.
Así, la abuela, todos los días llegaba a las 7:30 a casa, justo antes de que papá saliera para su trabajo, quedaba a cargo de nosotros y de la casa, incluso hacia el almuerzo para nosotros, pero nunca se quedaba a almorzar. Ni bien llegaba papá tomaba su bolso y se iba a tomar el colectivo de la línea 12, que la acercaba hasta ½ cuadra de su casa, donde se encontraba con el abuelo Tomás, quien también regresaba de su trabajo a las 14.

La abuela Velia era hija de Antonio Fossati e Irma Rousset, junto a sus siete hermanos, Angelita, Teresa, Eduardo, Raúl, Víctor, Esther y Luis, se habían criado en Cañada de Gómez, provincia de Santa Fé.

El tiempo los llevaría a cada uno por su camino y a encontrar su destino, la mayor parte permaneció en la zona de origen, pero la abuela vino a parar a Tucumán. Fueron muy unidos y, a pesar de las distancias y de escasa comunicación, siempre encontraron la forma de reencontrarse.
Fue el Tío Raúl, creo hoy que por ser el de mejor posición económica, quien convocaba a la familia cada año, para pasar la Navidad juntos y recibir el año nuevo. El invitaba a sus hermanos, hijos y sobrinos a unirse en ésta celebración.

Recuerdo la del año 1965, cuando a mediados de noviembre, recibimos por correo la tarjeta, pues guardaba la formalidad de estilo para la época, invitándonos a participar desde el día 22 de diciembre y hasta el día 2 de enero del nuevo año, de la reunión familiar para Navidad y Año Nuevo, firmada de puño y letra por él, e indicando que la celebración se haría en su Estancia de “La Constancia” en la localidad de Las Rosas, en Santa Fé. El convite era muy generoso, pues la estadía con pensión completa era en el mismo casco de la estancia, llegando a alquilar (el Tío Raúl) los carros dormitorios que usaban las cuadrillas de vialidad, para poder dar albergue al familión, se hacía pues una suerte de media corona con los carromatos del otro lado del aljibe, que estaba en frente de la casona principal, se usaban incluso los dormitorios de la peonada, que para esa fecha tenía licencia.

NAVIDAD EN LA ESTANCIA DEL TÍO RAÚL (II)

Mamá y papá aprontaban las valijas con lo necesario para la estadía, en casa era todo alboroto ansiedad y alegría, pues el viaje era en el tren. Salimos a las 18hs. del 21 en “La Estrella del Norte”, desde el andén N°2 de la estación del Ferrocarril Mitre, con rumbo a la estación de Cañada de Gómez, Pasamos por los fondos de casa a escasos 70 metros y vi como una suerte de adiós como se perdía de vista por la curva. El vagón era un pulman, no me gustaba porque no podía abrir la ventanilla, pero papá decía que era mejor porque tenía aire acondicionar. Yo quería abrir la ventanilla, no me preocupaba el calor.
Durante el viaje recorrimos todo el tren, fuimos a la Segunda Clase, con asientos muy duros pero con ventanilla que se abrían, hasta el vagón postal, donde el Guarda nos regaló los boletos viejos, para que con Luis jugáramos en el viaje. También recuerdo el vagón comedor. Mi tasa con café con leche, el más caliente que te puedas imaginar, bailoteaba por la mesa con el traqueteo y al ritmo del famoso “ta tan, ta tan” cada vez pasaba una unión de rieles, yo solo atinaba a mojar las “babyscuit” y soplar para no quemarme.

A las 10 llegamos a destino, mamá me tomó la mano, lo mandó a Luis adelante de nosotros, tomó un nécessaire de cuero verde con la otra mano, mientras que papá se ocupaba de las valijas. Abajo, nos esperaba el Tío Raúl, quien me tomó de la mano y a Luis con la otra, nos llevó hasta su auto, -¡Guau, qué grande és!-, todo negro y brillante por fuera, todo rojo y brillante por dentro, era un Kaiser Carabella, de lo mejor para época.

Al cabo de un par de leguas, finalmente llegamos a la Estancia La Constancia, una gran casa, pintada de blanco, con ventanas grandes y galerías a los cuatro vientos, los arcos y las columnas le daban una imponente imagen.

Al bajar el momento más traumático comienza, me recibe una gran cantidad de personas mayores, que me besuquean, aprietan y pellizcan mis cachetes, ¡No conozco a nadie!, pero todos parecen conocerme, hasta que por fin aparece por una puerta la abuela Velia, al fin un refugio, un aliado.

Esta ceremonia se repite con cada integrante de la familia que llega, algunos chicos de mi tamaño, pero indudablemente menos valientes lloran ante tanto despliegue de cariño desconocido.

Horacio José Abril

Contínua, para leer la segunda parte del artículo haz clic aquí.

Por favor, comparte:

Añadir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *