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En África, con la religión tradicional y los musulmanes

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padre pepe deoaoTestimonio del Padre Pepe, misionero en África, Padre Blanco  

Soy José Morales Maldonado, provincial de los Misioneros de África,  “Padres Blancos”, en España. Nací en Torrenueva (Motril), en 1944. En 1965 me fui del seminario de Granada al que los Padres Blancos tenían en Francia. Ordenado sacerdote en 1969 en Motril, llegué a Malí (Africa Occidental) en septiembre del 1969 y allí he estado hasta el año 2011, fecha en que fui nombrado a España.

Se me ha pedido, con motivo del mes de la Misión,  que, como misionero, dé un testimonio de cómo he podido ser testigo de la misericordia del Señor. Lo hago con mucho gusto.

A mi llegada a Mali en 1969 y tras el estudio de la lengua bambara en el Centro de Lenguas, fui destinado a la parroquia de Falayè, en la Archidiócesis de Bamako, capital de Mali. El pueblo de Falayè, situado en plena sabana, tenía unos 2.000 habitantes. Los cristianos constituíamos el tercio de la población; los musulmanes y seguidores de la religión tradicional constituían los otros dos tercios. Materialmente hablando,  Malí es uno de los países más pobres del mundo pero su riqueza cultural es muy grande.

Desde el principio, me impactó el sentido de hospitalidad de sus habitantes, al recibirnos en sus casas. En esa hospitalidad descubrí un reflejo del rostro de misericordia del Señor y sentí que mi principal labor como misionero debería consistir en ser también yo reflejo de la ternura del Dios de Jesús. Comprendí que el Señor me invitaba a contribuir a la unión y el entendimiento entre los pueblos, las familias y las diferentes religiones. Constaté en efecto que en la celebración de los acontecimientos de la vida, como son la imposición del nombre a un niño, las bodas, los funerales etc., solo se reunían los fieles de una misma religión.

Tuve la suerte de formar parte de una comunidad sacerdotal internacional integrada por un belga, (el párroco) un  suizo y un servidor, en la que nos entendíamos de maravilla.

Un refrán maliense me impactó; dice: “No seas cuchillo que corta y separa, sé aguja que cose y une”. Este proverbio se convirtió para mí y mis compañeros en llamada evangélica: decidimos ser instrumentos de reconciliación entre todos, siguiendo los pasos de Jesús que había venido a reconciliar al mundo con Dios y entre sí… Fue la línea pastoral que marcó todas nuestras actividades religiosas en las pequeñas comunidades cristianas. Nos propusimos visitar a todas las familias de los poblados que nos habían confiado, sin distinción de religión. Participábamos en todas sus penas y alegrías. Nos animó el hecho que la gente comprendió que éramos misioneros para todos; no solo para los cristianos. Nunca hicimos proselitismo sino que respetamos las diferentes creencias; por eso de todos los pueblos, se nos invitaba a sus fiestas y duelos.

Emprendimos un gran trabajo contra la sequía con la construcción de pequeñas presas para retener el agua, la construcción de pozos. También organizamos unos cursos de alfabetización para los campesinos… todo lo realizamos junto con la población.  Y, por supuesto, el dispensario, la maternidad y la escuela que construimos, todo estaba abierto para todos.

El islam habla del Dios misericordioso, pero el islam en África Occidental está impregnado de cultura tradicional que atribuye toda desgracia a la infracción de la ley divina o de las normas de los Antepasados. La mordedura de una serpiente, la muerte de un joven o de una mujer en cinta, la esterilidad e incluso cualquier enfermedad se comprenden como castigo divino o venganza de los Antepasados. ¡Cuántas personas son por eso acusadas de hechicería! Parte de nuestra tarea evangelizadora en las comunidades cristianas y nuestros encuentros con la población en general, consistía en luchar contra dicha mentalidad, mostrando el rostro de un Dios que es Padre-Madre, de todos sin excepción y que solo desea el bien de sus hijos.

Si se me pregunta: – “Pepe, ¿qué es lo que más has hecho en tu vida misionera? – Sin dudar un instante, respondo: ayudar a la reconciliación entre las familias, los poblados, en el seno de la cultura ancestral y entre los creyentes de las diferentes religiones.

¡Cuántas veces, muy de mañana, cuando sonaba la campana de la iglesia invitando a la Eucaristía, llegaba un musulmán y nos decía: “el Imán me envía para deciros que esta noche ha fallecido Musa; que recéis por él”! Y más tarde, se nos comunicaba la hora del entierro en el que participábamos. Y ¡cuántas veces, tras la oración del Imán, me decían: “Padre, haz tú también una oración por el difunto”! La hacía junto con los miembros de la comunidad cristiana, también allí presentes.

Otras veces, nos llamaban de un poblado diciendo: “Padre, queremos que vengas pues desde hace años tenemos un litigio con un pueblo vecino y deseamos que se acabe”. Yo, sin dudarlo, cogía la moto y hacía de lanzadera entre los dos poblados hasta conseguir sentarnos todos juntos y llegar a un entendimiento. Eso es hermoso, sobre todo cuando se piensa que la mayoría de la población no era cristiana y que, además, yo era un blanco…

Ha ocurrido alguna vez que un polígamo musulmán llamaba a mi puerta y tras los saludos de rigor, me decía: “José, tengo cuatro mujeres y dos de ellas no se entienden en absoluto, en mi casa vivimos un  infierno. Por favor, ¿no podrías venir una de estas noches, que nos sentemos para reconciliar a mis mujeres?”. Y sin dudarlo, yo le decía: “cuenta conmigo”. Antes de cada encuentro, invitaba a los presentes a rezar y les decía, que lo que yo hacía era en nombre de Jesús, que quiere que todos nos entendamos. También me apoyaba en un maravilloso refrán maliense que dice: “Jèkafò ye daamu ye”, que significa: “Encontrarse para conversar es fuente de felicidad”… Así, tras muchas horas de discusiones, conseguíamos llegar a un entendimiento. ¡A veces, meses después, recibía la visita de una de las mujeres o del mismo polígamo: venían a ofrecerme un pollo, diciendo: “Gracias, José, por todo el tiempo que pasaste con nosotros haciendo de puente y rompiendo muros”!…

Sí, es verdaderamente hermoso, y cuántas veces he sentido “el gozo de la evangelización” del que habla el Papa Francisco… Y esta es mi alegría hoy, al escribir estas líneas. Y no me alegro tanto por lo mucho o poco que haya hecho, sino, como decía el Señor: “Alegraos porque vuestros nombres están escritos en el cielo (Lc. 10,20) …”

José Morales Maldonado

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