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El sacrificio de Abraham. La misión de ser padre

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Cuando Isaac tenía doce años, Dios se apareció ante Abraham, su padre, y le dijo: puesto que Isaac, tu único y amado hijo, ya es adulto, sacrifícalo en mi honor.
Abraham respondió: mi Señor, si esta es tu voluntad, estoy listo y dispuesto a cumplirla. Pero disculpa si te hago una pregunta. Me prometiste que mis descendientes serían tan numerosos como las estrellas del cielo o la arena del desierto. Me has concedido solo un hijo, Isaac, con mi esposa Sara y me dijiste que él sería mi heredero y que a través suyo mi estirpe continuaría por generaciones y  estaría bendecida por ti. Si sacrifico a mi único hijo ¿cómo vas a cumplir tu promesa? ¿Te has retractado de ella?
Dios dijo a Abraham: no te he pedido que sacrifiques a Isaac de manera física, te he pedido que sacrifiques a tu Isaac interior, que es tu deseo de continuidad. Con este deseo has matado a tu hijo psicológica y espiritualmente. Isaac no cuenta con vida propia sino que ha nacido para ser tu continuidad. Ha nacido para satisfacer tus deseos físicos y psicológicos y ambiciones.
Te has convertido en una carga para tu hijo. Sí, es verdad, te prometí que tus descendientes serían tan numerosos como las estrellas del cielo y la arena del desierto. Pero no te prometí que serían réplicas tuyas, clonaciones. Yo elijo a todos para la eternidad y no para la continuidad.
Cada persona es mi manifestación singular y cada persona nace para manifestar eternidad y no continuidad. Cada persona nace para desplegar vida y no para llegar a ser algo. Elegir a los niños solo por un deseo de continuidad físico, psicológico, ideológico o religioso supone matarlos internamente. Sí, tu descendencia será como las estrellas del cielo y la arena del desierto, pero cada estrella será única y cada grano de arena será único. Para ello tienes que sacrificar a tu Isaac interior, que es tu deseo de continuidad. Si lo haces, entonces tú vives para la eternidad, escoges a Isaac para la eternidad, y todas las generaciones venideras serán bendecidas en tu nombre, y te considerarán su padre, Abraham, puesto que los has elegido para la eternidad y otorgado vida verdadera y libertad.

Abraham se levantó temprano, se llevó consigo a Isaac y subió a la montaña del Señor. En la cumbre, Abraham mandó sentarse a Isaac en una pequeña elevación del terreno y le lavó los pies. Isaac, sorprendido, le dijo: “padre ¿qué estás haciendo? Nunca se ha escuchado en nuestra tierra que un padre lave los pies a su hijo. Soy yo quien tiene que lavarte los pies, y no puedo permitir que tú lo hagas. Abraham le respondió: hijo mío, esta es la voluntad de Dios y tengo que cumplirla. Lavarte los pies representa el símbolo del sacrificio tuyo ante Dios.
Isaac permitió a su padre lavarle los pies. Abraham vertió agua sobre sus pies y le dijo: hijo mío, eres una manifestación única de Dios y tienes que vivir esta originalidad de acuerdo a la voluntad de Dios. Has nacido para la eternidad, no para la continuidad del pasado. Tu vocación es desplegar vida y no imitar a nadie. Sacrifico toda mi ambición que tenía con respecto a ti para que puedas tener tu propia vida. Mi labor como padre biológico es ayudarte a descubrir tu singularidad, la llamada personal que Dios te ha hecho. Te prometo que haré por ti lo que Dios espera de mí.

Después de esto, Abraham e Isaac regresaron a casa.

Del libro El Ganges y el Jordán confluyen, De Oriente a Occidente, 2017, pp. 67-70.

J. Martin Sahajananda

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