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Sobre la vejez y el agradecimiento

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Javier Akerman con Consuelo

Para muchas personas la vejez es un estigma ineludible, si se tiene la suerte, claro está, de sobrevivir a la juventud. Para otras una etapa más de la vida y un signo de la sabiduría perenne.
No obstante, muchas veces, murmuramos al oído de otro comentando «lo envejecido que está fulano o zutana«, aunque el tiempo pase inexorablemente para todos.
La vejez nos señala la transitoriedad de la existencia y la mutabilidad de todo el universo, incluidos nosotros mismos. No aceptar este hecho solo puede acarrearnos sufrimiento.
La vejez es el traje mortal de la inmortalidad. La transformación del cuerpo no debe empañar las ilusiones, los sueños y las esperanzas. Meditar sobre la vejez rejuvenece la mente y es un antídoto contra el apego a que nada cambie. Vivamos la plenitud en cada instante y abramos el corazón en todas las etapas de la vida, pues las canas y las arrugas son un premio que nos otorga Dios por darnos años. Eso no quiere decir que no debamos cuidarnos y ayudarnos de la cosmética y de la vida sana, siempre y cuando no genere un aferramiento a la lozanía juvenil.
Consuelo, una buena amiga y vecina de noventa y siete años agradecía cada día que el “Jefe de arriba” se haya olvidado de llamarla a su lado por un día más y disfrutaba cada mañana de su jardín, del naranjo que lo adorna, de las flores, de las charlas que manteníamos sobre el milagro de la vida, sobre el alma del mundo. ¡Y con que ganas vivía la vida sin aferrarse a ella!
Hace cinco años el lama Norbu y yo la visitamos y nos pusimos a bailar los tres alrededor del naranjo, que ha sido testigo de las cuatro estaciones de la vida por las que ha transitado Consuelo. ¡Su alegría y su sonrisa eran intemporales! «Pisco», su perrito, danzaba también al son de la flauta del lama y de mis mantras. Allí se detuvo el tiempo. No había jóvenes, maduros o viejos. Había solo «presencia» y Amor. El abrazo final que nos dimos (los cuatro, contando el perrillo) nos unió más allá de los cuerpos; cuerpos que al final serán llamados a liberar al Ser Inconmensurable y eterno que habita encerrado dentro de esos moldes o agregados temporales. 

Consuelo ya no vive en su casa desde el pasado verano, pues ha sido trasladada a una residencia geriátrica porque su cuerpo ya no respondía con autonomía. El árbol solitario de su jardín es todavía el testimonio aún vivo de su presencia. 

Desde mi jardín observo el suyo, solitario pero lleno de recuerdos, de voces silenciosas que cuentan la historia de una mujer que nunca ha dejado de ser joven. En su nueva residencia sueña con el naranjo, con las flores, con nuestras conversaciones y sonríe agradecida por el regalo que la Providencia le ha dado. Ahora, simplemente, espera ser llamada a vivir en alguna de las “múltiples moradas del Padre”. La seguiré visitando, para que pueda ver a través de mis ojos su jardín, su naranjo y el alma de su vivencia. Y yo me nutro a su vez de su sabiduría, plenitud y cariño. 

Deberíamos vivir la vida agradeciendo los años vividos, cuidando a los mayores, aceptando el paso del tiempo y abiertos al Amor que late en toda creación divina. 

P. Francisco Javier Akerman Alonso

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