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Sobre el silencio y la espiritualidad

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“La primera vez que visité un monasterio ortodoxo fue en 1977, en Zagreb, en la desaparecida Yugoslavia. Años más tarde me ordené sacerdote en el Patriarcado de Serbia y en la actualidad soy presbítero anglicano. Los momentos vividos en aquel monasterio fueron algo inefable. El silencio que lo llenaba todo, aquietando las agitadas aguas de mi mente, fue el elemento hierofánico que catalizó mi camino espiritual. Fue el silencio el que despejó dudas y mucha oscuridad de mi camino. El silencio, en su quietud, limpia y serena la mente, nos predispone para la oración y nos hace más “conscientes”. Nos conecta con todo lo que nos rodea de una forma más real y plena. En el silencio late el corazón de Dios”. Son palabras que abren un capítulo de mi libro “101 perlas budistas y cristianas”.

EL VALOR DEL SILENCIO

Creo que es esencial reducir el “ruido” en nuestras vidas. Todos podemos convertirnos en “monjes urbanos” y aprender a vivir la inefable experiencia del silencio. El teólogo N. Caballero ha escrito muy acertadamente: “El problema del hombre no religioso es esencialmente un problema de ruido”. V. Frankl cree que la presencia latente de Dios en lo profundo de muchas personas ha quedado reprimida por el exceso de ruido en sus vidas. Hoy, más que nunca, todo favorece el riesgo de ese cristianismo sin “interioridad silenciosa” que Marcel Legaut ha llamado “la epidermis de la fe”. 
En medio del frenesí de la vida diaria hay que intentar vivir la mística cristiana en el hogar o incluso en el trabajo. Yo lo he hecho hace años y ha sido una “ruptura de nivel de conciencia” que me facilita percibir el Misterio que se relaciona con nosotros a través de las cosas mundanas. Es un acercamiento básico hacia lo sagrado “desde la propia experiencia del Misterio de Dios”, una de las cuatro vías expuestas por el fenomenólogo de la religión y teólogo Martín Velasco (1977). 
Esta experiencia del silencio me ha facilitado vivir la espiritualidad y acercarme a Cristo de una forma personal. Ha “llenado” mi fe de contenido sustancial, no solo teológico.

La hesiquía, estado de paz

Durante mi formación en el seminario descubrí hace años la vía mística del Hesicasmo, que me ha permitido desarrollar de una forma estructurada el impulso espiritual que me ayudó a integrar mi espiritualidad. 
La hesiquía o estado de tranquilidad, de paz, o de reposo, se ajusta perfectamente a las palabras del Libro de los Proverbios: “El hombre sensato sabe callar”; o al estilo del asceta solitario, de quien dice el profeta Baruq: “Es bueno esperar en silencio la salvación del Señor”.
En el Nuevo Testamento el mismo Cristo dice a sus discípulos: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os daré descanso. Aceptad mi yugo y haceos mis discípulos, ya que soy bueno y humilde de corazón, y encontraréis reposo (hesiquía) para vuestras almas, pues mi yugo es suave y mi carga ligera”. (Mateo: 11, 28-29). Suelo releer antes de mis oraciones diarias textos específicos y uno de ellos es el mencionado pasaje evangélico.
La hesiquía es para mí una forma de adoración perpetua en presencia de Dios: “Que el recuerdo de Jesús se una a tu respiración y pronto te darás cuenta de la utilidad de la hesiquía”. 
En mi práctica previa a la oración suelo releer los consejos de Hesiquio de Batos: 
“Cuando reces, inspira al mismo tiempo y que tu pensamiento, dirigiéndose al interior de ti mismo, fije su visión en el lugar del corazón de donde brotan las lágrimas. Que tu atención permanezca ahí, en la medida en que puedas. Te será de una gran ayuda. Esta invocación de Jesús libera al espíritu de su cautividad, otorga la paz y ayuda a descubrir la oración permanente del corazón por la gracia del Espíritu vivificante en Jesucristo Nuestro Señor”.

REFLEXIÓN PERSONAL

Al igual que hay una tendencia general a una espiritualidad sin Dios, “huérfana” y desarraigada, también podemos apreciar una “religión sin espiritualidad”, que confiere a la misma un “dios vacío de sí mismo” y que por lo tanto se aleja de los fieles, no llena vacíos interiores y diluye la esencia de la fe. Yo la he comparado a una “anemia espiritual”, y suelo explicárselo a mi congregación en algunas homilías y catequesis, como también suelo hacer con mis alumnos de yoga tibetano.

La espiritualidad me ha abierto la puerta a una fe dinámica, llenando de calor las frías referencias teológicas o, como así ha sido, dando sentido a muchas de ellas. 
La espiritualidad que vivo (o ella vive en mi) se construyó con un referente previo y fundamental: Cristo. El Verbo-Dios entregándonos su Evangelio, que ha sido mi procedencia y mi destino. Esta espiritualidad ha sido el “motor” que mueve mi corazón hacia Él sin que exista una disonancia cognitiva con mi razón. 
Esta espiritualidad plena de Dios también me ha hecho muy respetuoso con otras formas de profesar la fe, porque a su vez me ha hecho apreciar mejor la mía. No hay miedo a perder nada cuando la espiritualidad (Dios en mi) lo llena todo. 
Y luego está Buda, el Hombre-Despierto, que nos legó un camino para liberar la mente de nuestra ignorancia y guiar nuestros pasos hacia la liberación del sufrimiento, un hombre al que podríamos considerar “el psicólogo del alma”.

Pero esta será parte de otra reflexión.

P. Francisco Javier Akerman Alonso

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