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Quitar clavos de un madero

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Izquierda a derecha: Avelino, Daniel y Fco. Javier Akerman

Hace treinta y nueve años comenzaba mi vida profesional. No poseía nada material, pero sí mucha ilusión y ganas de hacer el camino, de aprender, de descubrir… de comprender.
Mientras iba consiguiendo poco a poco mis primeros pacientes tras acabar los estudios, tuve que sobrevivir económicamente trabajando en campos diversos. Uno de ellos fue el de la construcción, como peón de albañil, en una empresa en la cual el encargado era un hombre serio, pero infinitamente humano llamado Daniel.
Poco a poco pude, después de un tiempo, vivir de la consulta y finalmente dejé por voluntad propia la empresa. A lo largo de esa primera etapa de mi vida aprendí a apreciar lo que es trabajar duro, que no hay trabajos de “primera” o de “segunda” división. El trabajo bien hecho, con respeto hacia las personas, aunque sea quitar clavos o engrasar encofrados dignifica al tiempo que te enseña a respetar y a ser respetado.
Casi cuatro décadas después y por esas “casualidades” de la vida (“reconexiones”) volví a reencontrarme con Daniel, en otoño del 2015, haciéndole una visita en la residencia geriátrica donde residía. Él no sabía que iba a visitarle y para ello tuve de “cómplice” a mi amigo Avelino.

La tarea de sacar clavos de la madera

Imagen de skeeze en Pixabay

El reencuentro fue emotivo, “mágico” y entrañable. Un regalo para nuestras almas. Hablamos del pasado, de aquellas conversaciones que manteníamos después del trabajo. Me quedaron grabadas muchas de sus frases en esta visita que le hice, como en la que decía que admiraba de mi “la atención y precisión que ponía en las tareas, como la de sacar clavos de los maderos”. Yo no era consciente de ello. Simplemente hacía lo que tenía que hacer, manteniendo la mente centrada en cada tarea. Empezaba a meditar y a practicar yoga tibetano, así como a orar de forma discontinua. No adquirí un hábito diario hasta unos años más tarde. Admirada de Daniel su dignidad, su humanidad y su cultura.  El respeto ecuánime que tenía con todos los obreros a su cargo.
Nos abrazamos largamente antes de despedirnos. Ese encuentro me «reconectó” con el Ser, con el verdadero sentido de la vida, con la sonrisa de Cristo dentro de nuestros corazones.
Al despedirme de Daniel sus ojos nonagenarios reflejaban felicidad. ¡Qué más puedo pedir!
De regreso a casa dejé fluir de nuevo las lágrimas, esta vez de agradecimiento, dándome cuenta de que “quitar clavos de un madero” es una forma perfecta de meditar y de arrancar a su vez los clavos que nos laceran el alma. Es una forma de “quitar los clavos a Cristo” para aliviar su dolor, que es “nuestro dolor” y que Él se entregó por Amor para sanar nuestras Almas en el bautismo de la Vida Eterna.
¡Esa tarde nos separamos con unos cuantos clavos menos dentro de nosotros!

Rvdo. Francisco Javier Akerman Alonso

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