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En San Andrés de Teixido

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He visitado el camino de San Andrés de Teixido, en Galicia (España). «El corazón de la tierra» es como me gusta llamarlo.

El camino de San Andrés de Teixido, “el camino del corazón”, en él se percibe claramente las corrientes telúricas, estas corrientes eléctricas que se mueven a través de los océanos, unidas a la interacción con el viento solar y otras energías de la naturaleza.
Para llegar a las cumbres del corazón se puede ir por varios caminos.
Acantilado de san Andrés de Teixido

Acantilado de san Andrés de Teixido

No estoy hablando de caminos para visitar el templo cristiano, me refiero a las cimas de los acantilados donde se puede ver la unión de los dos océanos: el Atlántico con el Cantábrico.

El camino de San Andrés de Teixido, está marcado por la polvareda cósmica de las estrellas, la vía láctea, son las huellas del cielo que ayudan a quienes buscan la luz.
Es un camino que tiene huellas milenarias, señales ancestrales grabadas en el cosmos, sonidos telúricos que retumban en las células y golpean todos los átomos del cuerpo.
El rumor de los océanos que sube por las laderas es un canto ancestral, balada eterna, suave consuelo a las almas que se acercan a contarles sus terribles secretos, sus profundas angustias. La búsqueda del equilibrio, la paz.
Todo esto y más existe en los acantilados de San Andrés, que tiene todos los símbolos de los sitios sagrados.
La huella en el cielo, el camino ancestral, los símbolos de la naturaleza, el encuentro de los abuelos de las aguas, la puerta dimensional.
El camino comienza donde tú quieras, pero llegarás a un punto que tienes que seguir las indicaciones a  las distintos carreteras que te dejan llegar a los acantilados.
Nuestro viaje fue a media mañana, pero quienes hacen el trayecto por la noche  pueden ver la vía láctea en su cielo nocturno que los guía a las cimas.
El recorrido en zigzag es propio de los caminos que llevan a los altares naturales que tiene el planeta.
Mi cabeza giraba de  izquierda y derecha, por momentos no sabía qué mirar, estaba deslumbrada con los pequeños oasis de praderas verdes, sitios propios que tienen los buenos caminos para recuperar fuerza, y no es casualidad encontrarse en estos lugares sagrados  con caballos salvajes, conejos, ardillas, búhos, vacas rubias con ubres llenas de leches.
A la izquierda cuando subíamos, mi vista rodaba por las  pendientes inclinadas, como un tobogán verde que terminaba en telas blancas arrugadas por el agua azul claro del mar.
Continuamos, la próxima semana.
Paz y Bien
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