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La soledad como MAESTRA

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De la soledad se dicen muchas cosas: que es buena para encontrarse a uno mismo, que le tememos, que el hombre es un ser social y no ha nacido para estar solo, sana heridas, que es el segundo miedo más importante además de la muerte y así la lista puede continuar. Leí mucho sobre la soledad, pero me tocó experimentarla de adulta. No hay nada más cierto que la frase que reza: “No es lo mismo decir que hacer”.
Hace meses planifiqué un viaje para visitar a mi pareja que vive lejos, éste inició con la idea de un descanso más largo de lo habitual para compartir tiempo juntos, momentos libres, lugares por pasear y conocer, un poco de trabajo online y muchos libros interesantes por leer. Lo que no planifiqué es el mar de emociones y pensamientos que despiertan en la soledad. Ahora entendí porque tiene tanta mala fama la pobre.

Las horas de silencio

Los días y las semanas pasaban, los paseos planificados se realizaban, el descanso tenía lugar siempre, los objetivos del trabajo se lograban y los momentos de compartir se terminaban día a día como las páginas de los libros que compré para entretenerme. Entre una y otra actividad eran infaltables las horas de silencio; ahí estaba yo a 9000 kilómetros de mi zona de confort; sin hablar con nadie más que unos pocos momentos de conversación con mi pareja después de su largo día de trabajo, pequeños intercambios con el dueño de algún negocio, el conductor del bus, la cajera del supermercado; anhelando el fin de semana para compartir con más gente: conocidos, amigos, pareja, etc.

Entendí que cuando uno está solo es indispensable cuidar los pensamientos porque a veces sólo basta con uno mismo para elevarse al propio infierno, imaginando situaciones futuras que nunca suceden porque la realidad y la vida son tan perfectas que lo resuelven de una manera que, en perspectiva, cuando uno se detiene a mirar, es la solución de algo que no estaba a tu alcance imaginarlo. Siempre todos nuestros temores infundados se resuelven de un modo mejor y superior a lo pensado.

El miedo a no ser recordada

Lejos de la montaña, vi la altura y el aire que respiraba, como me enseñó María. Valoré la familia y los amigos que tengo en mi país. Nuestro eterno problema, dar todo por sentado sin dar las gracias por la gente que nos rodea. Por primera vez, experimenté el miedo a no ser recordada. – Y si vengo a vivir acá, ¿se acordarán de llamarme, escribirme?-

Observé mis juicios frente a maneras diferentes de vivir, vestir, relacionarse y pensar. Pude ver la parte cerrada en mí, esa que cree que sólo lo propio es válido.
Ahora con las ideas un poco más claras, pienso que decir SI a todo esto como me lo explicó Claudia, una amiga, es la única receta para no temer e integrar TODO TAL COMO FUE, sin el “que hubiera sido”. Entonces GRACIAS a la experiencia del viaje, a los momentos buenos, a los pensamientos de soledad, a los momentos de añoranza, a los sentimientos de extrema felicidad y gratitud por la pareja y los amigos nuevos.
No traicionemos nuestro aquí y ahora, simplemente digamos “Si” a lo que se presente, tal y como es.
María José Lencina Artigas

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