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La muerte y la madurez

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Alguna vez en una película argentina escuché “Los escritores escribimos sólo cuando tenemos algo para decir”. A un mes de la muerte de mi padre, ya estoy lista para poder compartir el costado más benévolo de la muerte de un ser querido.

En algunas culturas, como la mía, la muerte es un tabú, no se habla, se espera a que nunca pase, si pasa que no duela o no se sufra, se asocia a una gran pena paralizante y así miles de creencias. Desde que mi padre enfermó grave hace unos años, jamás pude mirar un coche fúnebre pasar por la calle, siempre giraba mi cabeza  hacia el lado opuesto como diciendo: – Yo no miro porque a mi familia no le va a suceder.

Ignoraba por voluntad propia que es la muerte física en sí y lo que conlleva. Le temí por años a pesar de tener una madre que habla con naturalidad de ella, como algo que nos sucederá a todos y que es parte de la vida. Cuando estuve lista para enfrentarme a ese miedo interno arraigado como las raíces de un árbol viejo a la tierra, ellos estaban allí: mi psicólogo y mis directores espirituales para aconsejarme, apoyarme y sobre todo enseñarme a vivir el proceso de forma consciente y digna. Agradezco a la vida y a Dios por haber tenido esta oportunidad.

La muerte de mi padre se impuso como cualquier etapa de la vida; el nacimiento, la adolescencia, la adultez; eso simplemente sucede y no hay manera alguna de frenar la fuerza con la que la vida se desarrolla en cada ser humano. Es inevitable. Así como este proceso va tomando lugar, otros eventos van cobrando importancia en los que quedamos aún vivos. En este mes aprendí a ver la vida como si fuera una mujer aún más mayor, como si me quedara poco tiempo; agradecí al cielo más que nunca los padres que tengo; vi claramente los dones y talentos heredados de ambos; maduré aspectos internos de repente; me desinteresé por problemas o desafíos chiquitos de cualquier índole; utilicé objetos, ropas, zapatos que se guardan para “una ocasión especial”. ¿Cuál ocasión? LA VIDA MISMA ES UNA OCASIÓN HERMOSA.

Transcurridos unos días desde que mi padre se fue, sentía en el cuerpo una fuerza que desconocía, se manifestaban por primera vez en paralelo en la mente y en el cuerpo; fui descubriendo que mi mente repetía el siguiente mensaje: Ya no está la persona que más te amó y cuidó además de Dios. Por lo tanto, la vida que crees a partir de ahora es tu absoluta responsabilidad. Nadie más puede hacerlo por vos.

Ante esta lamparita encendida, me frené y la llamé madurez; lloré por la emoción de haberla incorporado y di gracias a mi padre porque entendí que su muerte era una ayuda más a mi camino hacia ella. Así que GRACIAS PAPÁ POR ESTE REGALO y haré de la vida algo muy bueno con ella para honrarte por todo lo que me entregaste y para honrarme a mí misma. Estarás por siempre en mi corazón.

Seamos agradecidos con cada momento que la vida nos ofrece, es la mente la que califica de bueno o malo, pero para el alma todo lo que sucede es bueno aunque la mente se resista.

María José Lencina Artigas

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